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“O educamos en valores o no ganaremos para poner normas”

EXDEFENSOR DEL MENOR EN LA COMUNIDAD DE MADRID

Javier Urra ha intervenido en la jornada La respuesta institucional ante la prevención y seguimiento del maltrato infanto-juvenil, que se celebró en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid.

S.V. Madrid   |  07/11/2013 00:00

http://www.diariomedico.com/2013/11/07/area-profesional/normativa/educamos-valores-no-ganaremos-poner-normas

El médico debe alcanzar un equilibro entre los valores humanos y los avances científicos

DEBATE RETOS MÉDICOS EN ATENCIÓN PRIMARIA

La capacidad para el trabajo en equipo, humildad, reconocimiento de los errores y una renovación permanente son necesarios para poder alcanzar una armonía con el paciente.

Santiago Rego. Santander   |  11/10/2013 00:00

http://www.diariomedico.com/2013/10/11/area-profesional/normativa/medico-equilibro-valores-humanos-avances-cientificos

Benjamín Herreros: “El médico debe formarse en valores éticos”

Hay que exigir al médico una ética basada en valores profesionales, que deben compartirse, según Benjamín Herreros, máster en Bioética.

Gonzalo de Santiago – Lunes, 29 de Junio de 2009 – Actualizado a las 00:00h.

Benjamín Herreros, máster en Bioética y médico internista del Hospital de Alcorcón (Madrid), cree que no es posible determinar una ética de máximos en el mundo sanitario, “pero sí hay que exigir una ética basada en los valores profesionales”. Estos valores se deben transmitir entre los profesionales y lo fundamental es el ejemplo activo de cada uno de ellos.
Esta fue la principal conclusión del especialista en una conferencia ofrecida en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, dentro del V Seminario Internacional e Interuniversitario de Biomedicina y Derechos Humanos, celebrado en Madrid.
En su opinión, es necesario formar al médico en este terreno: “En la medicina hay muchos conflictos éticos y muchas veces los profesionales no saben cómo resolverlos. Surgen cuando no podemos cumplir todos los valores y hay que elegir porque algunos de ellos se van a ver dañados”.

Ética de cada profesión
Herreros cree que la ética de máximos tiene que ver con el proyecto personal de cada ser humano. En cambio, la de mínimos es la que conforma cada sociedad. En este punto, cuestionó si hay una ética propia de cada profesión. “En el mundo sanitario hay que preguntarse por los fines de la medicina, y los valores prioritarios serían aquéllos que nos permitieran alcanzar dichos fines”.

Según el ponente, estos fines son curar, aliviar y prevenir las enfermedades, cuidar y acompañar. “Un profesional cualificado debe adquirir una serie de conocimientos y valores para alcanzar dichos fines”. Por lo tanto, hay que ahondar en el conocimiento científico, el estudio, la actualización, la humildad intelectual y el esfuerzo. “Un buen médico debe desarrollar ciertas habilidades como la capacidad de comunicarse con los enfermos y la habilidad técnica.Además, tiene que desarrollar actitudes como la empatía, compasión, colaboración, curiosidad o inquietud intelectual, exigencia con su trabajo y con el de los compañeros, y responsabilidad”.

http://www.diariomedico.com/2009/06/29/area-profesional/normativa/medico-debe-formarse-valores-eticos

 

Valores y servicios de salud

 El usuario-paciente como eje del sistema sanitario

 

ABELARDO ROMÁN MÉDICO ESPECIALISTA EN MEDICINA INTERNA Y EN APARATO RESPIRATORIO Los valores son estructuras de la conciencia sobre los que se construye el sentido de la vida, pertenecen al nivel de las facultades psíquicas donde se estructura el significado y permiten acondicionar nuestro mundo. Cualquier profesión tiene unos valores intrínsecos específicos del ejercicio de la misma y otros extrínsecos que pueden ser comunes a otras. Los valores intrínsecos de la profesión sanitaria son prevenir y curar las enfermedades, aliviar las que no tienen cura, acompañar al sufrimiento y promover estilos de vida saludables. El prestigio social y los ingresos económicos son valores extrínsecos. Los valores intrínsecos no actúan como moneda de cambio, el ser humano no tiene precio, sino dignidad, para responder de su proyecto vital. Los valores de cada persona o grupo no siempre son compartidos por todos, por lo que se necesita de una ética de mínimos que se plasme en normas. La ética identifica los valores que justifican nuestras elecciones, la moral se concreta en normas de comportamiento aplicadas a la vida diaria que resultan de la traslación de los valores a la actividad cotidiana. Cuando las normas no responden a valores asumidos son intolerables y cuando no se razonan los valores que las sustentan se pueden percibir como opresiones. 

Los principios de la bioética (beneficencia, no maleficencia, autonomía y justicia), basados en valores universales, son un referente para analizar la ética de las decisiones sanitarias. El más moderno, el de autonomía, surge del concepto de libertad personal. La medicina tradicionalmente se ha inspirado en la realización del bien a la persona enferma (beneficencia), guiada por la prudencia (no maleficencia), según la máxima de «primum non nocere» («lo primero, no hacer daño»). El principio de autonomía se concreta en la medicina centrada en el paciente, lo que conlleva dar información relevante y ajustada a las demandas de información del propio paciente, saber escuchar, contemplar las implicaciones familiares y sociales de los problemas de salud, confidencialidad y respeto a las preferencias de elección del paciente. Dedicar a cada paciente el tiempo que necesita reduce el riesgo de errores, mejora la comunicación y es esencial para la efectividad de la medicina. Existen límites para el principio de autonomía, por ejemplo, cuando entra en colisión con el de obligación de no dañar del profesional, o con la necesidad de gestionar unos recursos siempre limitados que de utilizarse innecesariamente vulnerarían el principio de justicia. El principio de justicia sustenta el concepto de equidad: dar a cada uno según sus necesidades y no más a los más demandadores, cuando la demanda no se ajusta a la necesidad. La demanda de un servicio puede no equivaler a su necesidad, como tampoco la oferta de servicios se corresponde siempre exactamente con necesidades reales, incluso puede inducir demandas innecesarias. El procurar que los círculos de necesidad, demanda y oferta se superpongan justifica la planificación y la gestión sanitarias. Es siempre necesario realizar un análisis sereno y permanente, institucional, social y profesional, en torno al establecimiento de prioridades, en otro caso las decisiones se tomarán en virtud de grupos de presión con intereses más o menos espurios. Al conceder peso a cada grupo de interés en la toma de decisiones hay que considerar, entre otros factores, su facultad de asumir el coste de responsabilidad social por el resultado de dichas decisiones. No está de más recordar que el sector sanitario también induce efectos positivos en el resto de los sectores económicos, contribuyendo al bienestar social, ni que la gestión sanitaria no sólo consiste en ocuparse de las infraestructuras o de la financiación, sino que implica crear cultura de gestión en los niveles «macro» (política sanitaria), «meso» (gestión de las instituciones) y «micro» (gestión de la práctica clínica) y que no sólo se debe gestionar la oferta de servicios, sino también su demanda. La desproporción entre recursos y demanda produce tensiones en todos los servicios de salud, con independencia de coyunturas económicas o políticas, por eso se proponen e implantan continuamente medidas para promover la mejora del desempeño y sostenibilidad de éstos. Dado el papel que, por la propia naturaleza de la organización sanitaria, juegan los profesionales sanitarios, en particular los médicos, ninguna medida podrá obtener resultados si no es con su implicación. Las organizaciones sanitarias son descentralizadas por naturaleza, el conocimiento que sustenta sus competencias esenciales está en la base, en el núcleo operativo compuesto por los profesionales sanitarios que prestan el servicio, según los valores intrínsecos de la profesión médica y los principios de la bioética. 

La identificación explícita con valores éticos aporta eficiencia a las organizaciones, este concepto es la base de la dirección por valores. Lo fundamental a compartir, en un servicio de salud, es el reconocimiento de que el usuario-paciente es el eje del sistema, y la finalidad de la sanidad debe estar enfocada en él, según los valores intrínsecos de la medicina. Existen otros factores que pueden estar modulando la práctica clínica y la de gestión, si no se identifican pueden desviar a los servicios de salud de su finalidad. El servicio de salud público es objeto de elección social, por lo que para su mantenimiento y progreso es determinante la creación de valor, en términos de efectividad y aprecio. Crean valor, sobre todo, los usuarios y los profesionales, por más que sea imprescindible contar con estructuras adecuadas y debidamente utilizadas y con recursos financieros suficientes y bien gestionados. La creación de valor conlleva que los pacientes, y usuarios en general, sientan que son tratados como personas y que se los asiste en el mejor sitio posible y que los profesionales perciban que ejercen su función con calidad y respeto. Un contexto de complejidad e incertidumbre requiere un alto nivel de implicación y creatividad. Los directivos han de merecer credibilidad por su cualificación personal, profesional y coherencia, y se ha de permitir a los profesionales el necesario margen de acción, dentro de un marco, regido por valores explícitos, asumido por todos.

Begoña Román: “No es posible excluir los valores de la práctica clínica”

Begoña Román, profesora de Filosofía Teórica y Práctica de la Universidad de Barcelona, ha argumentado que “la práctica clínica siempre implica valores”, una idea que contrarresta la visión de un determinado positivismo científico “que incide en que existe una clara separación entre hechos y valores, algo que no es posible”.
Enrique Mezquita. Valencia 28/11/2008
Román, que ha participado en las IV Jornadas Nacionales de Comités de Ética Asistencial que concluyen hoy en la UIMP-Valencia, ha señalado que cualquier persona que realice una práctica clínica “delibera y toma decisiones que deben ser argumentadas”. Por ello, “es mejor que lo haga desde una ética cívica, que será válida ante cualquier ciudadano del mundo y podrá ser defendida y argumentada ante un profesional que pueda discrepar. La Declaración de los Derechos Humanos puede ser una buena base para esa ética mundial”.

Según Román, es necesario destacar que esa ética va más allá de los aspectos y las cuestiones meramente morales, ya que éstas “son productos culturales y quedan obsoletas”. En su opinión, los nuevos poderes biotecnológicos generan nuevas preguntas, “y tenemos insuficiencias argumentativas ante formas antiguas de proceder, que sabemos que no son positivas”. Por lo tanto, es necesario hacer una reflexión crítica sobre las costumbres y hábitos que tenemos.

La apelación a la ética “implica un nivel de conciencia maduro, ya que es necesario comprender que las morales quedan obsoletas y no tenemos autoridades morales compartidas, ya sean religiosas, políticas, etc”. Por ello, es vital que quienes tienen mayor responsabilidsd en este ámbito tome las decisiones.

http://www.diariomedico.com/edicion/diario_medico/normativa/es/desarrollo/1187749.html

Salud

Javier Sádaba

30 Mayo 2008

Lluïsa Jover

En una reciente conferencia a médicos de atención primaria, uno de ellos me preguntó si la salud era un hecho o un valor. Le respondí que las dos cosas. Que es un hecho nadie lo dudaría. Se puede constatar empíricamente. Un atleta ganando una dura competición resplandece por su salud. Por el contrario, no hace falta más que acercarse a un hospital para saber dónde escasea. La salud, por lo tanto, es un dato que podemos describir, que lo encontramos en la naturaleza como en la naturaleza encontramos pájaros, peces o flores. Que sea un valor requiere explicación adicional. Es un valor, ésa fue mi respuesta un tanto a vuela pluma, porque la protegemos, la consideramos un bien básico y la promovemos. Lo que comienza por ser un hecho más con el que nos obsequia la naturaleza cuando es pródiga se convierte en un valor real al tomarla como un bien que hay que defender y desarrollar.

La respuesta tal vez sea correcta, pero no deja de ser bastante convencional. Porque cuando hablamos de bienes o deberes, que son el campo de los valores morales, nos referimos a las acciones humanas. Es a ellas a las que atribuimos algún valor y no a los puros hechos que descubrimos en este mundo. La pregunta, en consecuencia, exigía una respuesta menos estereotipada, menos simplista y acorde con una concepción de la moral que nos posibilite distinguir lo que son los hechos puros de lo que los humanos construimos y que, en artistas de nosotros mismos, llamamos ética o moral.

Es verdad que la salud es un fenómeno que nos regala la naturaleza. Si uno nace sano la posee sin mérito alguno. Y si uno crece igualmente sano, la salud del cuerpo, y esperemos que la del alma, se mantiene también. El bien y el mal, por el contrario, entran en escena de la mano de los humanos. Y en este punto no puedo por menos que recordar el célebre pasaje del filósofo Hume en el que escribía que si uno observa la entrada de un puñal en el cuerpo de otra persona, por más vueltas que le dé no encontrará mal alguno. Sólo verá acciones, muy similares por cierto, a la de una cirugía salvadora y que cualquier persona normal colocará en la casilla de las buenas acciones. ¿En dónde está, por lo tanto, el mal en cuestión? En la intención humana, sin duda. Si mi objetivo es dañar y matar, clavar el cuchillo se convierte en una mala acción, muy distinta a la de quien de esa manera busca extirpar alguno de los múltiples factores patógenos que pueden afectar a nuestros cuerpos.

Volvamos a la salud. La salud, como la vida, son los supuestos que nos posibilitan ser lo que deseemos ser. Si no vivo, no podré hacer ningún proyecto de vida. De ahí que, quien me la quite, elimina todo lo que es una determinada singularidad con su irreducible valor. La salud, por su parte, me posibilita lograr aquellos bienes que hacen de cada uno de nosotros lo que somos. Y es aquí donde entra en juego el valor. Mi acción de mantener o aumentar mi salud o la ajena es buena porque, de esta manera, estoy favoreciendo un modo de existir, otras posibles acciones, un aumento de riqueza vital entre los seres humanos. La bondad está, desde luego, en la acción que defiende la salud o la promociona, pero de esa forma, y por una analogía muy típica en nuestro hablar, afirmamos que la salud es buena. Podemos decir, en consecuencia, que cuando hablamos de la salud del cuerpo no pensamos que éste, en sí mismo, sea bueno o malo sino que las acciones que la sustentan son buenas, y las contrarias, malas.

http://www.jano.es/jano/ocio/cultura/rueda/escritores/javier/sadaba/salud/_f-303+iditem-2833+idtabla-4+tipo-13
Ésta habría sido la respuesta correcta. Alguno opinará que se trata de un mero juego de palabras o que el sentido común descubre enseguida lo que queremos decir y que no hay que rizar tanto el rizo. No creo que sea así. Y eso por varios motivos. En primer lugar, porque en cuestiones que importan es pertinente aclarar las ideas. Pero, en segundo lugar y sobre todo, porque algunos reducen tanto la salud a ser un hecho más entre los otros que no le confieren categoría de derecho. No existiría para ellos derecho a la salud y a su correlato práctico, que es la asistencia sanitaria. Otros, por el contrario, pensamos que la salud, con su indudable base fáctica, es un derecho fundamental y que, por consiguiente, todos tenemos derecho a tal asistencia sanitaria sin que caiga ésta, como fruto maduro, exclusivamente en manos privadas.

No llegaré a afirmar que nacemos siendo gemelos de la salud. Porque no siempre es así y porque hay que cuidarla. Pero sí se puede afirmar que la salud, como nuestro propio cuerpo, está ahí para ponerlo en marcha. Que es tanto como decir que está ahí para que se convierta en un valor. El amor y el dinero, como canta la canción, son las columnas de la felicidad. Sólo que esas columnas se vienen abajo si falla el suelo de la salud.

De los principios a los valores

Antonio Casado da Rocha y Begoña Simón Cortadi

Investigador Ramón y Cajal. Universidad del País Vasco (UPV/EHU) y Comité de Ética Asistencial. Hospital Donostia. San Sebastián.

16 Mayo 2008

La evolución de la metodología en bioética

Diego Gracia se muestra hoy convencido de que el lenguaje originario de la ética no es el de los principios, ni tampoco el de los derechos, sino el de los valores: un lenguaje más complejo, pero también más rico y dúctil.

Referentes bibliográficos 
Procedimientos de decisión en ética clínica 
Esta obra de Diego Gracia expone diversos métodos para el análisis de los procedimientos de toma de decisiones éticas en la práctica clínica: planteamientos principalistas, casuísticos, narrativos, clínicos, sincréticos… Tras pasar revista a todos ellos, el autor analiza críticamente la fundamentación de los mismos a través del estudio de los límites de la racionalidad humana, la busca de un fundamento trascendental para la ética y la estructura del razonamiento moral. El libro concluye con la propuesta de un método que pretende ser útil para todos los profesionales que intervienen en este tipo de decisiones: médicos, gestores, enfermeras, asistentes sociales, etc. Una nueva introducción redactada en 2007 expone la perspectiva actual sobre este libro publicado originalmente en 1991.

En el prólogo a la segunda edición de sus Procedimientos de decisión en ética clínica1, Diego Gracia examina el método para el análisis de problemas morales en medicina propuesto en este libro, publicado originalmente en 1991, y lo sitúa en una tercera vía alternativa al “fundamentalismo” de los que sólo quieren aplicar unos principios inmutables y al “decisionismo” de quienes prefieren no ver más allá del caso particular.

Durante toda la década de los 90, Gracia defendió en diversos foros y publicaciones ese método, que incluía los cuatro principios tradicionales de la bioética: no maleficencia, justicia, respeto por la autonomía y beneficencia. Se trataba de analizar los problemas éticos en toda su complejidad, ponderando los factores que intervienen en un acto o situación concretos con el objetivo de buscar una solución óptima, o, si esto no es posible, la más prudente o menos dañina.

Este método –que se ha usado en los Comités de Ética Asistencial para ayudar a estructurar la deliberación y controlar los sentimientos de miedo y de angustia ante los conflictos– requiere la escucha atenta, el esfuerzo por comprender la situación estudiada, el análisis de los conflictos de valor implicados, la argumentación de los cursos de acción posibles y óptimos, la aclaración del marco legal y el consejo2.

Cuando después de identificar todos los cursos de acción posibles llegaba el momento de hacer un juicio moral para elegir el óptimo, algo en ocasiones nada sencillo, Gracia proponía analizar cada curso de acción en cuatro fases; en la primera se recuerda el principio ético de igual consideración, en la segunda se contrasta cada curso de acción con los principios en juego, y en la tercera con las consecuencias previsibles; finalmente, en la cuarta fase se toma una decisión que tenga en cuenta todo lo anterior3.

Método principialista

Puede decirse que, al menos hasta comienzos de la década del 2000, Gracia asumió buena parte del método principialista como procedimiento en la toma de decisiones. Al asociarse con el conocido planteamiento de Beauchamp y Childress, parecía dar a entender que todos los problemas en bioética iban a girar en torno a la no maleficencia, la beneficencia, la justicia y la autonomía. Pero con ello, Gracia no quería decir que no hubiera otras cuestiones de valor, sino que –al menos en la bioética dominante, la de aquellos dos autores norteamericanos– todas se podían ordenar en torno a esos cuatro principios, que ejercían de “algo así como núcleos de confluencia de todo el universo de valores”4.

Esta posición sigue teniendo muchos defensores, que consideran que el enfoque de los cuatro principios es compatible con un amplio abanico de teorías morales –a veces incompatibles entre sí–, permitiendo cierto equilibrio entre la universalidad de los principios y su especificación o aplicación contextual5.

Pero el método de Gracia no se reduce a los cuatro principios. Para empezar, porque estos han de contrastarse con las particularidades de cada caso y con las consecuencias previsibles de los posibles cursos de acción, en un proceso de deliberación en el que pueden entrar en juego otros valores además de los expresados por los principios. Así, los hay que resumen el método detallando que “la deliberación determina primero los valores en juego, analiza los posibles cursos de acción de acuerdo con su habilidad para realizar los valores identificados, para finalmente observar las posibles consecuencias”, aventurando que de los cuatro principios sólo la no maleficencia es un principio en sentido estricto, por tratarse de una prohibición; el resto, dicen, sería más una lista de procedimientos6.

La importancia cada vez mayor que Gracia concede a la inclusión de los valores se hace también patente en la evolución de sus propuestas metodológicas. En el año 2001, plantea un método para el análisis crítico de casos bioéticos basado en ocho pasos que tratan de equilibrar las demandas de los principios de la bioética con la atención a las consecuencias y demás detalles de cada caso7. Dos años después, introduce un cambio e incorpora a ese modelo la determinación de los valores en conflicto8. En este esquema, que se repite en publicaciones posteriores9, plantea deliberar directamente sobre los valores, algo que posiblemente incluirá cuestiones de no maleficencia, justicia, autonomía y beneficencia, pero que en modo alguno se limitará únicamente a estos cuatro conceptos.

Podría aventurarse que esta recuperación del “lenguaje de los valores” en la metodología de Gracia podría ser un intento de adaptación al nuevo contexto para poder dar respuesta a las necesidades y retos de la bioética española del siglo XXI. Como hemos visto, corrían los años 70 y 80 cuando Gracia y otros comenzaron a impulsar la creación de Comités de Ética similares a los que habían visto en los hospitales en Norteamérica; desde la década anterior la sanidad española experimentaba una fuerte expansión de su sector terciario u hospitalario, priorizando el tratamiento de los pacientes agudos, y por lo tanto en muchos casos era necesario tomar decisiones urgentes y rápidas.

Cambio de contexto

Pero este contexto cambia a partir de finales del siglo XX. Mediante técnicas de trasplantes, diálisis, etc., los avances e investigaciones médicas habían prolongado la esperanza de vida, con el consiguiente envejecimiento de la población, y permitido vivir durante muchos años a pacientes con dolencias hasta hace poco mortales. Ello supuso un aumento considerable de pacientes crónicos, con dolencias que necesitan tratamientos muy prolongados en el tiempo. Todo esto unido a una conversión del centro sanitario en sociosanitario, en el que una parte de la patología tiene naturaleza social, con fenómenos de dependencia, estrés, adicciones, soledad, etc.

Este devenir histórico coincide con la concesión por parte de Gracia de una importancia cada vez mayor a los valores en la educación médica, lo que se hace patente en la evolución de sus propuestas metodológicas para la bioética. Así, en el nuevo prólogo a Procedimientos de decisión en ética clínica confiesa ser cada vez menos afecto a la teoría de los cuatro principios, pues la experiencia le ha demostrado que simplifica en exceso la riqueza de la realidad moral, convirtiendo con demasiada frecuencia el análisis en una mera contienda entre principios. Por ello, hoy se muestra convencido de que el lenguaje originario de la ética no es el de los principios, ni tampoco el de los derechos, sino el de los valores: un lenguaje más complejo, pero también más rico y dúctil.

La explicación de este cambio probablemente no responda a una sola razón, pero sí podría decirse que ambos procesos (el histórico con el peso cada vez mayor del paciente crónico, y el de la inclusión cada vez con más fuerza del lenguaje de los valores) corren paralelos, ya que, como afirma Gracia en ese prólogo, “la realidad nos empuja”. En general, el cambio podría responder a la búsqueda de criterios comunes para una metodología aplicable a los problemas éticos que surgen más allá del ámbito hospitalario, en un espacio sociosanitario en creciente expansión. Conceptos como la justicia o la no maleficencia podrían adquirir matices ligeramente distintos desde disciplinas como el trabajo social, cercanas al ámbito sanitario, pero con tradiciones y métodos propios. El propio Gracia afirma que el proceso de deliberación no puede circunscribirse a los límites de los hospitales y las facultades de medicina; en última instancia, la bioética trata necesariamente de los valores en juego en la salud y la enfermedad, en la vida y la muerte de los seres humanos. Por lo tanto, se trata de un proceso de deliberación sobre los fines individuales y colectivos de la vida humana10, lo que la relaciona con el ámbito tradicional de las humanidades, en particular con la filosofía, la literatura y las artes.

Evolución metodológica

En conclusión, podría decirse que la evolución metodológica de la bioética española está relacionada con algunas características que definen al paciente del siglo XX. Como hemos apuntado ya, el paciente agudo, que fue prioritario durante las décadas de los 70 y 80, requería en muchos casos decisiones urgentes y rápidas para su curación, es decir, el objetivo fundamental era restaurar su salud e intentar que volviera a su situación anterior. Esto cambia en el caso del paciente crónico, que es el propio de este siglo debido en gran parte a los avances científicos y al envejecimiento de la población. El objetivo es ahora mejorar o mantener en lo posible una “vida de calidad”, para lo que deberá seguir en tratamiento períodos de tiempo tan largos que en ocasiones se prolongarán durante toda la vida restante. Por ello, su estado de salud y el posible beneficio del tratamiento están en ocasiones estrechamente relacionados con su estilo de vida y con su sistema de valores. Lo mismo ocurre en los casos en los que se presentan patologías de naturaleza social. En este tipo de pacientes es especialmente importante que los profesionales sanitarios conozcan, tengan en cuenta y reflexionen sobre sus valores a la hora de tomar cualquier decisión relacionada con su salud. Y es en este contexto donde la medicina primaria, familiar y comunitaria adquiere más peso.

No podemos terminar sin abordar algunos problemas relacionados con este cambio de lenguaje. Los principios suelen ser limitados en número y rango de aplicación, con alguna jerarquía interna y susceptibles de conformar un sistema congruente. Por el contrario, los valores son mucho más numerosos, incongruentes y azarosos. ¿Es una verdadera ventaja promover el lenguaje de los valores, o supone abrir una caja de Pandora en la metodología bioética?

Una primera respuesta, general, es que los valores connotan el pluralismo y la diferencia de una manera más acusada que los principios, y que una constelación de valores parece una pintura más ajustada del paisaje moral contemporáneo que la proporcionada por un sistema de principios. El problema con esta posición es que trae consigo la posibilidad de conflictos irresolubles de valores, pues podría ser perfectamente imposible para un agente moral perseguir todo el conjunto de cosas valiosas con las que uno puede comprometerse.

Hay una segunda respuesta, más local. No se puede negar que el paisaje sanitario español es cada vez más rico y diverso; en un contexto pluralista, el lenguaje de los valores permite una mayor flexibilidad que el de los principios. Puede que el lenguaje de los principios posea cierta simetría o elegancia abstracta, pero bien podría tratarse de una ilusión, ya que nuestra vida moral es mucho más compleja y, en ocasiones, carece de esa coherencia formal. El lenguaje de los valores, por el contrario, nos permite movernos con más libertad entre la medicina basada en las pruebas y la basada en las narraciones11, “encontrando en las historias un significado que no puede ser categorizado en sistemas”12.

“Mediante técnicas de trasplantes, diálisis, etc., los avances e investigaciones médicas habían prolongado la esperanza de vida, con el consiguiente envejecimiento de la población, y permitido vivir durante muchos años a pacientes con dolencias hasta hace poco mortales.”

Bibliografía 
1. Gracia D. Procedimientos de decisión en ética clínica. 2ª ed. Madrid: Triacastela; 2007. 
2. Gracia D. La deliberación moral: el método de la ética clínica. Medicina Clínica. 2001;117:20. 
3. Gracia D. Planteamiento general de la bioética. En: Couceiro, editora. Bioética para clínicos. Madrid: Triacastela; 1999. p. 33. 
4. Gracia D. Ética y vida: Estudios de bioética. Fundamentación y enseñanza de la bioética. Bogotá: El Búho; 1998. p. 33. 
5. Gillon R. Ethics needs principles -four can encompass the rest- and respect for autonomy should be ‘first among equals’. Journal of Medical Ethics. 2003; 29:307-312. 
6. Rodríguez del Pozo P, Fins JJ. Iberian influences on Pan-American bioethics. Cambridge Quarterly of Healthcare Ethics. 2006; 15(3): 234. 7. Gracia D. Op.cit. 2001, p. 20. 
8. Gracia D. Ethical case deliberation and decision making. Medicine, Health Care and Philosophy. 2003;6(3):230. 
9. Gracia D. La deliberación moral: el método de la ética clínica. En: Gracia y Júdez, editores. Ética en la práctica clínica. Madrid: Triacastela; 2004. p. 27. 
10. Gracia D. The foundation of medical ethics in the democratic evolution of modern society. En: Viafora, editor. Clinical Bioethics: A Search for the Foundations. Dordrecht: Springer; 2005. p. 38. 
11. Lázaro J. Entre pruebas y narraciones. En: Lázaro y Baca, editores. Hechos y valores en psiquiatría. Madrid: Triacastela; 2003. 
12. Shiffrin JB. A Practical Jurisprudence of Values. Harvard Civil Rights-Civil Liberties Law Review. 2006;41(1):194.

 http://www.jano.es/jano/humanidades/medicas/antonio/casado/da/rocha/begona/simon/cortadi/principios/valores/_f-303+iditem-2803+idtabla-4+tipo-10

Cuidado con los valores

TRIBUNA: DANIEL INNERARITY

DANIEL INNERARITY 14/05/2008

 Alguien dijo una vez que cuando un profesor de Oxford se refería a la decadencia de Occidente, en realidad estaba pensando en lo malo que era el servicio doméstico. La apelación a los valores sirve para llamar la atención sobre realidades valiosas, pero también para otras muchas cosas, algunas de muy poco valor en sí, pero de gran utilidad para quien lo realiza, como obtener alguna ventaja particular o para esquivar el punto de vista de los derechos, siempre más comprometido. La causa principal de que el recurso a los valores sea hoy tan recurrente probablemente haya que buscarla en una huida frente a la complejidad. Quien no se aclara, alivia su incomodidad instalándose en alguna evidencia que sea poco discutible. La queja moral apunta a una situación general de pérdida de valores, relativismo, consumismo, desorientación, insolidaridad, hedonismo, deslealtad, tradiciones que se abandonan. En todas partes parecen quebrarse estructuras, consensos y autoridades. Las clases sociales se difuminan y la sociedad pierde cohesión, las empresas se volatilizan en tramas virtuales, el poder del Estado se debilita, los electores son de poco fiar.

Ahora bien, el público que escucha con agrado los diagnósticos sobre la crisis de valores suele estar afectado de una carencia de conciencia histórica. Una opinión bastante extendida tiende a suponer que vivimos en un tiempo de cuestionamiento y crisis. Nuestro presente sería algo así como un momento crítico, entre el ya no y el todavía no. Ya no creemos las grandes representaciones del pasado, pero todavía no hemos conseguido sustituirlas por otras. El presente sería una especie de tierra de nadie entre las seguridades tranquilizadoras del pasado y las que sólo podemos esperar del futuro. Creo que este análisis es completamente ilusorio; responde a una ilusión que, por cierto, no es un invento nuestro, sino probablemente una característica más o menos común a todo tipo de presente.

Lo cierto es que desde hace algún tiempo, los principales partidos de nuestras sociedades democráticas, sean conservadores o progresistas, parecen tentados por volver a dar un lugar central a la defensa de los “valores morales”. Esta apelación jugó un papel determinante en la reelección de Bush en noviembre de 2004, pero tampoco se trata de una peculiaridad norteamericana, pues hace tiempo que los valores morales ocupan también un lugar central en las campañas electorales europeas.

Este fenómeno de “moralización” de la vida pública se puede observar en manifestaciones muy diferentes, y cualquiera podría añadir otras muchas a las pocas que voy a mencionar aquí. Las pastorales de los obisposdeclinan una cruzada contra un supuesto relativismo moral y ofrecen unas orientaciones que en su literalidad no reflejan más que lugares comunes y en su contexto funcionan como tomas de partido. Por otro lado, la creciente judicialización de la política no tiene su origen en la garantía de los derechos y libertades, sino en la protección de unos valores que son entendidos de manera que precariza tales derechos y libertades.

También el fallido Tratado Constitucional de la Unión Europea apelaba a los valores comunes, concitando en torno a ellos la aprobación tanto de sus partidarios como de sus detractores. De esta manera, parecía darse a Europa una suerte de identidad sentimental más allá de los intereses económicos y de las abstracciones jurídico-políticas. Debió parecer más afectivo que el lenguaje frío de los derechos y los principios, más fácil de comprender y susceptible de generar la adhesión.

Este énfasis en los ideales y valores sobre las reglas y derechos no deja de ser significativo. En estos y otros ejemplos se advierte cómo el recurso a la moral debilita otros puntos de vista y otros niveles de realidad que son muy importantes, como la política o el derecho, cuya lógica específica no se acierta a respetar.

Pero tampoco en el inventario de los valores preferidos están todos los que son. De entrada, lo que en estos debates se llaman “valores morales” suelen ser aquellos que conciben tradicionalmente los conservadores y del modo como los conciben (familia, patria, vida, seguridad, mérito, orden, autoridad…), pero no otros que están más bien en el campo contrario y que no parecen menos importantes, como servicio público, universalidad, libre consentimiento, responsabilidad o solidaridad. Probablemente, el hecho de que la agenda pública del debate acerca de los valores se centre más en los primeros que en los segundos sea una concesión intelectual de los progresistas a los conservadores, una de las más flagrantes, ni la primera ni la única.

Mientras no se revisen esta y otras concesiones, el espacio de la discusión política seguirá sembrado de esas ventajas y desigualdades en materia de reputación que dificultan enormemente una confrontación equilibrada. No es tanto la abstención lo que perjudica a la izquierda, como suele decirse, sino la selectividad con la que se definen las prioridades morales.

Hay quien sólo verá en esta apelación generalizada a los valores un ejercicio de oportunismo y, si esta interpretación fuera la correcta, no tendríamos demasiados motivos para preocuparnos. A lo largo de la historia, los seres humanos hemos justificado hasta lo menos justificable apelando a los valores morales. Pero habría que preguntarse si con la actual inflación de discursos morales no se está poniendo de manifiesto algo más ideológico e inquietante para las democracias contemporáneas. Y es que el discurso de los valores puede ser la expresión de un cuestionamiento de la prioridad que en una sociedad democrática le corresponde a los derechos, el consentimiento, las garantías y las libertades individuales. Cuando hay una cultura política débil, la apelación a los valores en general, incluso aunque esté aparentemente destinada a fundar los derechos y libertades, acaba paradójicamente en el resultado opuesto: contestando los derechos y fragilizando las libertades individuales. El lenguaje de los valores es utilizado para reducir el espacio de la política, no para fundar los derechos sino para ponerlos en cuestión, como es el caso, por ejemplo, de la apelación a la familia, al trabajo o a la seguridad.

Tal vez no sea moralmente correcto llamar la atención sobre la falta de evidencia de unos valores a los que se apela como realidades incontrovertibles, o advertir que el acuerdo sólo durará lo que tardemos en abandonar la generalidad de los principios y descender al áspero terreno de las concreciones. Se arriesga uno a pasar por alguien de convicciones escasas. Pero si hay que tener cuidado con los valores no es porque no existan, sino porque hay demasiados, es decir, en competencia, necesitados de concreción y equilibrio.

El cuidado con los valores es la mejor prueba de que se los aprecia y respeta. En la anécdota maliciosa que contaba al principio, el profesor de Oxford estaba pensando en otra cosa cuando hablaba de crisis de valores; nuestros actuales orientadores en materia moral están pensando en cómo recortar algún derecho o en cómo introducir un punto de vista particular y discutible como si fuera una verdad evidente. Se olvidan interesadamente de que hay un debate sobre el “valor de los valores”, e incluso un uso expresamente ideológico del lenguaje moral frente a la lógica de los derechos y deberes. No respetan a quien discrepa porque tampoco respetan la riqueza y complejidad de esos valores bajo cuya protección se encuentran siempre instalados con tanta comodidad.

Daniel Innerarity es profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza y autor de El nuevo espacio público.

http://www.elpais.com/articulo/opinion/Cuidado/valores/elpepuopi/20080514elpepiopi_4/Tes