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Robinsonismo científico

Carta al director JUAN VICENTE YAGO MARTÍ – Reino Unido – 09/04/2008

 Aunque han «salido» estos días en televisión, el suyo no es, por desgracia, un caso aislado. Tienen un expediente académico extraordinario y un espléndido currículum: dos investigadores que han trabajado en las universidades más prestigiosas de Inglaterra y Estados Unidos y ahora están contribuyendo al desarrollo del conocimiento humano en el CSIC. Representan aquella meta ideal cuya sola imaginación estimulaba, en los años ochenta y noventa, el estudio de muchos universitarios españoles: realizar la propia vocación científica, estar a la vanguardia de la investigación, abrir caminos, pisar el terreno virgen de la hipótesis y el experimento, amojonar las nuevas parcelas del saber…, y sin embargo sus hijos consideran -como cada vez más jóvenes ibéricos- que una trayectoria semejante resulta muy poco envidiable.

Ocurre que los bachilleres de hoy, eminentemente pragmáticos, no hallan por dónde ver atractiva la prolongada inseguridad laboral de nuestros investigadores, que sobreviven a salto de beca y cobrando cuatro veces menos que sus colegas europeos.

Es evidente que ya no estamos en la época de Galileo y de Copérnico, de Newton y de Planck; que la ciencia ya no debe su avance al sacrificio personal y a los favores del mecenazgo, sino a la subvención oficial.

El dinero público es la clave, la única financiación capaz de sufragar los elevadísimos costes del progreso científico y tecnológico.

Pero el Gobierno español, que se desgañita elogiando la I+D+i, no acaba de soltar la guita. En el fondo, sigue adicto al famoso «que inventen ellos», y sólo toma la cosa científica como un camuflaje nuevo para la picaresca de siempre. Mientras no apoye la investigación con algo más que mera palabrería, la ciencia indígena permanecerá en su robinsonismo tradicional, en el cajalismo heroico de microscopio y maravillas.

Porque hace falta mucho idealismo para que todo un doctor se conforme con mil y pico euros al mes.

Fuente: El País

Agua limpia para el Tercer Mundo

 

Agua limpia para el Tercer Mundo
ABUL HUSSAM , Inventor del filtro que depura el agua envenenada de Bangladesh
Luchando contra los elementos, Bangladesh se levanta a duras penas sobre los deltas de tres grandes ríos del sureste asiático, el Ganges, el Brahmaputra y el Meghna, que sumergen a dos tercios de esta pobre y atrasada nación bajo las aguas cada vez que llegan las lluvias torrenciales del monzón. Así ocurrió durante el verano pasado, cuando las inundaciones volvieron a cebarse sobre Bangladesh debido a las fuertes tormentas registradas y al deshielo de los picos del Himalaya, que hace aumentar el caudal de los ríos peligrosamente y se cobra cada año cientos de vidas. Con gran parte del país situado a sólo 12 metros sobre el nivel del mar, la mitad de Bangladesh se hundiría si los océanos se elevaran un metro.
Alerta medioambiental
Para colmo de males, esta abundancia de agua trae el problema añadido de la contaminación, por lo que la agricultura, de la que viven más del 65 por ciento de sus 145 millones de habitantes, se encuentra seriamente amenazada por la degradación del medioambiente y el uso extendido de peligrosos pesticidas que contienen hasta arsénico. Para luchar contra este problema, el profesor de Química Abul Hussam, que nació en Bangladesh e imparte clase en la Universidad George Mason de Virginia, ha inventado un sencillo pero utilísimo filtro con el que depurar las aguas que manan en el subsuelo de su desdichado país.
El filtro «Sono», como ha bautizado Hussam a su creación, es una rudimentaria herramienta de hierro que utiliza arena, carbón y trozos de ladrillo para absorber el 98 por ciento del arsénico y de las impurezas que contiene el agua de los pozos en Bangladesh, que los campesinos utilizan no sólo para regar sus tierras, sino también para beber. Así, una cesta con arena de río y compuesto de hierro sirve para filtrar el arsénico en un primer paso, mientras que en el segundo se emplea el carbón y, en el tercero, trozos de ladrillos que eliminan las partículas más finas y estabilizan el agua.
Sólo 35 euros
De fácil mantenimiento, el filtro cuesta sólo 35 euros y sirve para dos familias durante al menos cinco años, por lo que ha contribuido a mejorar el nivel de vida y la salubridad del agua que utilizan cientos de miles de habitantes rurales de Bangladesh.
En su primera convocatoria, el invento del profesor Abul Hussam mereció el año pasado el reconocimiento del Premio Grainger Challenge, dotado con un millón de dólares. Mostrando su compromiso con los más desfavorecidos, el profesor aseguró que iba a destinar el 70 por ciento del premio a distribuir los filtros en los lugares donde era más necesario, mientras que el 25 por ciento se iba a invertir en investigación y otro 5 por ciento más en donaciones humanitarias.
Uno de los motivos por los que el filtro «Sono» se hizo con dicho galardón fue por su relativamente bajo coste y su escaso impacto ambiental, ya que ni siquiera necesita electricidad.
En otros países
Desde 1993, Abul Hussam ha estado implicado en este proyecto, dentro del cual también desarrolló un medidor del nivel de arsénico en el agua. De hecho, sus aportaciones para mejorar la calidad del agua son tan valiosas que tiene previsto implantar su filtro «Sono» en otros países como India, Nepal y Suráfrica.
«La gente me cuenta cómo sus síntomas por el envenenamiento de arsénico se han reducido o incluso han desaparecido con la utilización de este filtro», asegura el profesor Hussam, quien no sólo ha conseguido mejorar la salud de muchos de sus compatriotas, sino también la belleza de sus mujeres. «Las mujeres ahora prefieren lavarse la cabeza con el agua filtrada porque dicen que les deja el cabello más bonito y suave», bromea Abul Hussam, que se ha convertido por méritos propios en un héroe del medioambiente en Bangladesh.

 Fuente: ABC

Ciencia democrática, política responsable

Josep M. Casacuberta 26/03/2008

Últimamente se oyen voces, como la del filósofo Daniel Innerarity en este mismo periódico, que reclaman que la ciencia se democratice. La ciencia es demasiado importante, dicen, para dejarla sólo en manos de los científicos. ¿Qué estaremos haciendo mal para que propuestas como ésta nos parezcan casi lógicas? A mi modo de ver, dos son las causas principales, y las dos tienen que ver con la correcta definición de las funciones de la ciencia y de los límites de cada una de ellas.

Del cambio climático a la clonación, de la terapia génica a los transgénicos, existen muchas cuestiones que preocupan a la sociedad que tienen un componente científico esencial. La sociedad pide a los científicos que analicen estos problemas y le aconsejen sobre las posibles soluciones; que desarrollen nuevas técnicas, nuevas terapias, que busquen soluciones; y también, cada vez más, que se decidan a dejar el laboratorio y creen pequeñas empresas de base tecnológica. Que sean realmente útiles y colaboren en dinamizar la nueva economía del conocimiento. Así las cosas, acabamos viendo al científico en un doble o a veces triple papel de experto, empresario e, incluso, político, y es comprensible que esto resulte inquietante. ¿Por qué tendríamos que creer a un científico, por eminente que sea, cuando nos asesora sobre una tecnología prometedora si él mismo ha creado una empresa para explotarla?

Éste es ciertamente un problema que se ha acentuado en los últimos años. El indudable éxito de la ciencia en producir conocimiento que puede ser aplicable al desarrollo tecnológico, y por lo tanto tener un valor mercantil, hace que ésta se esté convirtiendo en su función principal. En una sociedad en la que la utilidad y el rendimiento alcanzan las más altas cotas de prestigio no es extraño que la ciencia no rentable se vaya relegando a los márgenes del sistema. Cada vez es más difícil conseguir dinero para investigar si no se orienta la investigación hacia objetivos aplicados y se valora, y a menudo se exige, la participación directa de las empresas en la investigación.

En los últimos años la presión sobre los científicos para que se conviertan ellos mismos en empresarios ha aumentado considerablemente. Y aunque la existencia de científicos-empresarios sea beneficiosa para la economía y nuestro tejido industrial, corremos el riesgo de identificar a esta ciencia con la ciencia misma, con toda la ciencia. Más que nunca necesitamos ciencia no directamente productiva, y no sólo porque es la fuente de la ciencia rentable del futuro, sino porque necesitamos científicos independientes que puedan asesorarnos en problemas complejos de base científica.

La segunda razón que podría explicar el recelo creciente que genera la ciencia y los científicos podría buscarse en el uso y el abuso político de la ciencia. Existen distintas organizaciones y agencias de análisis y asesoría científica a las que nuestra sociedad puede acudir, y de hecho acude. Sin embargo, para que el sistema funcione correctamente, no sólo es indispensable que el trabajo de estas agencias se base en el rigor y la independencia de sus científicos, también es esencial que la sociedad utilice correctamente la información que le proporcionan. Es decir, que una vez asesorados en sus aspectos científicos, los políticos, teniendo en cuenta las otras muchas caras que los problemas complejos tienen, tomen una decisión política y, sobre todo, la justifiquen como tal.

Demasiado a menudo se busca una ciencia a medida que justifique determinadas decisiones políticas o se opta por desprestigiar a quienes no asesoran en una determinada dirección. No se puede negar el calentamiento global para justificar el no tomar medidas de ahorro energético con un coste evidente para la economía o el nivel de vida de los ciudadanos, de la misma forma que no se puede bloquear el cultivo de transgénicos parapetándose en unos supuestos problemas ambientales o para la salud que ningún estudio científico riguroso avala.

Si cuando hablamos de democratizar la ciencia estamos hablando de introducir criterios políticos en el diseño, el análisis y la interpretación de los resultados experimentales, estamos pidiendo el fin de la ciencia como tal. Permitamos que los científicos hagan su trabajo, preservemos una ciencia no rentable y responsabilicémonos todos de nuestras decisiones políticas. La democracia saldrá ganado.

Josep M. Casacuberta es Investigador Científico del CSIC y miembro del Panel de Organismos Modificados Genéticamente (OGM) de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA).

Fuente: El País