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“La economía es menos importante que la salud”

ÉTICA, CRISIS Y SALUD

El objetivo tiene que ser aumentar la salud de la población. En política se tiene que recuperar el sector público.

Redacción. Madrid | dmredaccion@diariomedico.com   |  23/09/2013 00:00

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Salud

Javier Sádaba

30 Mayo 2008

Lluïsa Jover

En una reciente conferencia a médicos de atención primaria, uno de ellos me preguntó si la salud era un hecho o un valor. Le respondí que las dos cosas. Que es un hecho nadie lo dudaría. Se puede constatar empíricamente. Un atleta ganando una dura competición resplandece por su salud. Por el contrario, no hace falta más que acercarse a un hospital para saber dónde escasea. La salud, por lo tanto, es un dato que podemos describir, que lo encontramos en la naturaleza como en la naturaleza encontramos pájaros, peces o flores. Que sea un valor requiere explicación adicional. Es un valor, ésa fue mi respuesta un tanto a vuela pluma, porque la protegemos, la consideramos un bien básico y la promovemos. Lo que comienza por ser un hecho más con el que nos obsequia la naturaleza cuando es pródiga se convierte en un valor real al tomarla como un bien que hay que defender y desarrollar.

La respuesta tal vez sea correcta, pero no deja de ser bastante convencional. Porque cuando hablamos de bienes o deberes, que son el campo de los valores morales, nos referimos a las acciones humanas. Es a ellas a las que atribuimos algún valor y no a los puros hechos que descubrimos en este mundo. La pregunta, en consecuencia, exigía una respuesta menos estereotipada, menos simplista y acorde con una concepción de la moral que nos posibilite distinguir lo que son los hechos puros de lo que los humanos construimos y que, en artistas de nosotros mismos, llamamos ética o moral.

Es verdad que la salud es un fenómeno que nos regala la naturaleza. Si uno nace sano la posee sin mérito alguno. Y si uno crece igualmente sano, la salud del cuerpo, y esperemos que la del alma, se mantiene también. El bien y el mal, por el contrario, entran en escena de la mano de los humanos. Y en este punto no puedo por menos que recordar el célebre pasaje del filósofo Hume en el que escribía que si uno observa la entrada de un puñal en el cuerpo de otra persona, por más vueltas que le dé no encontrará mal alguno. Sólo verá acciones, muy similares por cierto, a la de una cirugía salvadora y que cualquier persona normal colocará en la casilla de las buenas acciones. ¿En dónde está, por lo tanto, el mal en cuestión? En la intención humana, sin duda. Si mi objetivo es dañar y matar, clavar el cuchillo se convierte en una mala acción, muy distinta a la de quien de esa manera busca extirpar alguno de los múltiples factores patógenos que pueden afectar a nuestros cuerpos.

Volvamos a la salud. La salud, como la vida, son los supuestos que nos posibilitan ser lo que deseemos ser. Si no vivo, no podré hacer ningún proyecto de vida. De ahí que, quien me la quite, elimina todo lo que es una determinada singularidad con su irreducible valor. La salud, por su parte, me posibilita lograr aquellos bienes que hacen de cada uno de nosotros lo que somos. Y es aquí donde entra en juego el valor. Mi acción de mantener o aumentar mi salud o la ajena es buena porque, de esta manera, estoy favoreciendo un modo de existir, otras posibles acciones, un aumento de riqueza vital entre los seres humanos. La bondad está, desde luego, en la acción que defiende la salud o la promociona, pero de esa forma, y por una analogía muy típica en nuestro hablar, afirmamos que la salud es buena. Podemos decir, en consecuencia, que cuando hablamos de la salud del cuerpo no pensamos que éste, en sí mismo, sea bueno o malo sino que las acciones que la sustentan son buenas, y las contrarias, malas.

http://www.jano.es/jano/ocio/cultura/rueda/escritores/javier/sadaba/salud/_f-303+iditem-2833+idtabla-4+tipo-13
Ésta habría sido la respuesta correcta. Alguno opinará que se trata de un mero juego de palabras o que el sentido común descubre enseguida lo que queremos decir y que no hay que rizar tanto el rizo. No creo que sea así. Y eso por varios motivos. En primer lugar, porque en cuestiones que importan es pertinente aclarar las ideas. Pero, en segundo lugar y sobre todo, porque algunos reducen tanto la salud a ser un hecho más entre los otros que no le confieren categoría de derecho. No existiría para ellos derecho a la salud y a su correlato práctico, que es la asistencia sanitaria. Otros, por el contrario, pensamos que la salud, con su indudable base fáctica, es un derecho fundamental y que, por consiguiente, todos tenemos derecho a tal asistencia sanitaria sin que caiga ésta, como fruto maduro, exclusivamente en manos privadas.

No llegaré a afirmar que nacemos siendo gemelos de la salud. Porque no siempre es así y porque hay que cuidarla. Pero sí se puede afirmar que la salud, como nuestro propio cuerpo, está ahí para ponerlo en marcha. Que es tanto como decir que está ahí para que se convierta en un valor. El amor y el dinero, como canta la canción, son las columnas de la felicidad. Sólo que esas columnas se vienen abajo si falla el suelo de la salud.

Patología de la miseria

José Prieto

Catedrático de Microbiología. F. de Medicina. U. Complutense. Madrid.

29 Abril 2008

Habitualmente identificamos pobreza y miseria y en Medicina sería importante diferenciarlas. ¿Serían capaces nuestros médicos de hacerlo? La miseria se describe como la situación de extrema pobreza, definición que debemos reconsiderar para nuestro objetivo.

En el año 2000, más de la mitad de la población mundial (3.700 millones), disponía de menos de 1,3 dólares diarios de renta per cápita y la tendencia era a empeorar en los países mas desfavorecidos. En el atlas mundial de la salud, en estos países se anotan los mayores números de muertes por procesos infecciosos: las diarreas (2,9 millones de muertes), tuberculosis (1,9), sarampión (1,1) y malaria (0,9) están entre las mas importantes.

Ciertas catástrofes naturales como la sequía o las guerras propician movimientos migratorios y otras situaciones de pobreza que periódicamente evalúan varias organizaciones internacionales. Nadie duda del círculo pobreza-enfermedad-pobreza que se enseñorea de estos países. Occidente no queda libre del problema y también se hace pública anualmente la población considerada por debajo del nivel de la pobreza.

Este asunto, el de la pobreza, cae en el ámbito de las estrategias políticas nacionales y supranacionales. Pero el médico se enfrenta a otra visión del problema, el individual, por lo que opino que sería importante diferenciar pobreza de miseria. Deberíamos encasillar la pobreza en el ámbito social, colectivo, y la miseria en el individual.

Entenderíamos mejor la miseria como la situación de desamparo en la desgracia o enfermedad que los demás son capaces, al menos potencialmente, de sortear y superar. La pobreza se puede llevar con dignidad (“pobre pero honrado”, decimos a menudo) y el individuo suple carencias, se adapta a las circunstancias… Pero de la miseria el individuo no sale sin ayuda médica. Por tanto, y a diferencia de la pobreza, la miseria no debería considerarse un factor facilitador de enfermedades sino una enfermedad en sí misma, de evolución crónica, que siempre se asocia a otros procesos (comorbilidad) que no se curarán hasta que no se controle el proceso originario, es decir, la miseria. Ocurre lo mismo que en la obstrucción urinaria, donde las infecciones no curarán antes de que se haya resuelto la obstrucción.

Fácilmente deducimos que la pobreza puede ser un factor predisponente de la miseria, pero no el único. Desestructuración familiar, paro, prostitución, drogadicción, emigración, delincuencia, encarcelamiento, incultura o fracaso escolar son otros factores importantes. Creíamos que determinadas enfermedades –igual que el hambre, la pobreza y la miseria– eran situaciones propias de países lejanos. Pero estos factores los tenemos en casa, ¡en la próspera Europa! En el mundo global, la enfermedad y la muerte parecían las únicas situaciones de igualdad entre los hombres. ¡Gran error! ¡Las formas de enfermar y morir son tan diferentes! En nuestro entorno inmediato convivimos con la miseria, que es menos popular, quizás por vergüenza social, que la patología de la abundancia.

¿Cómo identificar la miseria? Habitualmente pensamos en el desarrapado, el indigente, el desnutrido (diferenciar del bohemio, anoréxico etc.) el semianalfabeto… O sea, el desahuciado social.

En la exploración debemos fijarnos en detalles persistentes, como la falta de piezas dentarias, problemas de visión u otras minusvalías corregibles, falta de higiene y otras alteraciones que el enfermo considera normales por habituales. No es raro encontrar signos o síntomas de parasitosis intestinales y dermatológicas (pulgas, piojos, sarna, tiñas) y úlceras o heridas sin cicatrizar.

Naturalmente que suele coincidir con alguna alteración psiquiátrica del propio enfermo o de cuidadores, como la madre en el caso de algunos niños, pero en otras ocasiones se cae en la miseria por la conjunción de varios factores ya citados hasta llegar a una situación irreversible. Es esta situación la que digo que podría catalogarse como una entidad nosológica, una condición o un síndrome, pero, en cualquier caso, si se tratara como un enfermo, individualmente permitiría un abordaje que, una vez controlado el proceso, mejoraría el tratamiento y pronóstico de las enfermedades asociadas.

El capítulo de soluciones es, lamentablemente, muy corto a pesar de tener múltiples caras: Psiquiatría (desarraigo, autoestima, etc.), Pediatría (vulnerabilidad infantil) e Infectología, Educación, etc. Pero lo que está muy claro es que si no se soluciona la situación de miseria del individuo, como ocurriría con cualquier enfermedad de base, es imposible considerar eficaz el tratamiento de las enfermedades asociadas.

“De la miseria el individuo no sale sin ayuda médica. Por tanto, y a diferencia de la pobreza, la miseria no debería considerarse un factor facilitador de enfermedades sino una enfermedad en sí misma, de evolución crónica, que siempre se asocia a otros procesos (comorbilidad) que no se curarán hasta que no se controle el proceso originario, es decir, la miseria.”

 

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