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El síndrome del profeta: un obstáculo para la deliberación moral

Dr. F. Borrell i Carrió

Médico de Familia. ICS. Departament Ciències Clíniques. Campus de Bellvitge. Universitat de Barcelona.

04 Abril 2008

El estilo profético fue imitado por centenares de intelectuales que confundieron la fuerza de un estilo con la importancia de los argumentos. En cualquier caso, resulta enormemente tóxico para la deliberación moral, al situar la verdad en un terreno en que dudarla conlleva ser descalificado.

Referente biográfico

Günter Grass, pelando la cebolla

Nacido en 1927, fue galardonado en 1999 con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Novelista y ensayista, es conocido por El tambor de hojalata y A paso de cangrejo, entre otras novelas. Su confesión al diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung de su paso por la Waffen-SS (SS es la abreviatura alemana de Schutzstaffel, “Guardia de Protección” o “Cuerpo de Protección”) desató una gran polémica sobre todo en la izquierda alemana. Grass revela en Beim Häuten der Zwiebel (Pelando la cebolla) que fue destinado a los 17 años a Dresden, donde sirvió en la 10.a División Panzer SS Frundsberg, un grupo de choque nazi.

Los profetas bíblicos son probablemente los personajes más interesantes de las sagradas escrituras. Solitarios, célibes, vestían harapos ásperos y cinturón de cuero (IV Rey. 1, 8; 4, 38 ss.; Is. 20, 2; Zac. 13, 4; Mt. 3, 4) y, a despecho de su seguridad personal, se plantaban ante reyes o caudillos para recordarles sus deberes morales. Los profetas surgían en momentos especialmente claves y gozaban de un prestigio indudable, lo que evitaba (no siempre) que les cortaran el pescuezo. Posiblemente fueron la creación más original del pueblo judío e imprimió carácter a nuestra filosofía occidental. ¿No fue Nietzsche (como su Zaratustra), un profeta intempestivo, como intempestivos quieren ser muchos filósofos “de moda”, tanto en el campo de la ética general como en el de la bioética?

Los profetas resultaban necesarios en sociedades movidas por un profundo sentido histórico, en las que los hechos se interpretaban en función de referentes morales. Un momento muy delicado para una sociedad teleológica, como la nuestra, se dio al final de la Segunda Guerra Mundial, con la amarga lección de un genocidio acallado o tolerado por una parte importante de la ciudadanía europea. De aquella experiencia salió un prototipo de intelectual profético, aldaba de conciencias, despreocupado por los bienes materiales, casi siempre de izquierdas y algunas veces solitario, pero menos célibe: Marcuse, Althusser, Sartre, Chomsky, Illich…, la lista sería larga, pero sin duda Günter Grass ocuparía un lugar de honor en ella. La traslación de este estilo a la deliberación bioética hubiera supuesto un enorme obstáculo para su desarrollo. Eso, por fortuna, no ocurrió. Pero veamos con algo más de detalle el “caso Grass” por si pudiera ayudarnos a sortear la “tentación profética”.

Los méritos literarios y morales de Günter Grass están fuera de toda posible discusión, y el hecho de que haya ocultado su breve paso por las SS no debería empañarlos. Sin embargo, mintió –o no dijo toda la verdad– y ello, que sería anecdótico para un ciudadano de la calle, resulta devastador para un profeta. Ariel Dorfman, escritor chileno socialista, señalaba en un artículo1 los “modales” groseros de un Grass pillado en la intimidad. Relata Ariel que acudió al domicilio de Grass para invitarle a firmar un manifiesto contrario a Pinochet, pero éste se negó alegando que los socialistas chilenos no apoyaban a los disidentes checos. Hasta aquí nada que objetar. Lo chocante del caso es que Grass no le volvió a dirigir la palabra en el resto de la velada. Dice Ariel: “Tenía razón Günter Grass –en el sentido de que los socialistas chilenos hubieran tenido que apoyar la disidencia de los países del Este–, sí, pero todos estos años me quedó dando vueltas otra pregunta más enigmática: ¿por qué tanta furia frente a lo que era, después de todo, una legítima diferencia de opiniones? ¿Por qué tanta cólera?”.

Veleidades juveniles

La hipótesis de Ariel Dorfman es que Günter Grass era incapaz de perdonarse sus veleidades juveniles, y por lo mismo sobreactuaba al señalar el bien. En otras palabras: sublimaba su culpa biográfica, y la exigencia moral reparadora que se había impuesto, por la vía de encarnar las virtudes proféticas e imponerlas a los demás. Otra hipótesis completamente opuesta nos diría que su paso por las SS no tuvo ningún efecto en la trayectoria de Günter Grass, víctima si acaso de su personalidad rígida, un punto inmadura. En consecuencia, el hecho de revelar su paso por las SS mostraría una vez más su grandeza moral. Estoy bastante de acuerdo con la primera parte. Lo más probable es que Günter Grass se hubiera perdonado su pasado nazi –¿por qué no hacerlo, si era un joven de apenas 17 años?–, y si lo ocultó tanto tiempo fue porque progresivamente la sociedad alemana le tomaba como un referente moral. Acabada la Guerra Fría, este mito ya no era necesario, y entonces y sólo entonces él mismo tiró la primera piedra para derruirlo y regresar a la normalidad de un ciudadano más. ¿Podemos imaginar mayor grandeza moral? Pues sí: haberlo hecho con anterioridad. En otras palabras, se decidió a pelar la cebolla cuando la cebolla molestaba en la alacena.

 Agitar conciencias

El estilo profético fue imitado por centenares de intelectuales que confundieron la fuerza de un estilo con la importancia de los argumentos. Vargas Llosa se refiere a ello al afirmar: “Creían que ser escritor era, al mismo tiempo que fantasear ficciones, dramas o poemas, agitar las conciencias de sus contemporáneos, animándolos a actuar, defendiendo ciertas opciones y rechazando otras, convencidos de que el escritor podía servir también como guía, consejero, animador o dinamitero ideológico.[…] Ningún joven intelectual de nuestro tiempo cree que ésa sea también la función de un escritor y la sola idea de asumir el rol de ‘conciencia de una sociedad’ le parece pretenciosa y ridícula2.”

En los albores del siglo XXI un estilo profético suscita un rechazo creciente. Cada vez nos gusta menos que nos den lecciones de moral porque cada vez desconfiamos más de la santidad del otro. El profeta, un tipo de santo, nos muestra una faceta de su vida escondiendo las miserias que también la jalonan. El estilo profético se erige en verdad absoluta y elocuente, una elocuencia cargada a veces de ira sacralizada, otras veces de facundia, y siempre llevando al espectador a un punto de fascinación que evitará o dificultará que piense por sí mismo. El estilo profético resulta en este sentido enormemente tóxico para la deliberación moral, al situar la verdad en un terreno en que cuestionarla comporta ser descalificado a un nivel personal. Por desgracia es lo que ocurre en el debate político, sobre todo en el debate político dentro de cada partido político. ¡Qué gran avance supondría que los partidos adoptaran en su seno los principios y métodos de la deliberación moral!

Ayudar a pensar

Lo cierto es que en los albores del siglo XXI necesitamos una bioética que ayude a pensar y favorezca las conductas sociales y profesionales más inteligentes, sin pisarnos el juanete de nuestras debilidades morales. Liderazgos que hayan superado su propio narcisismo. La humildad y la sinceridad son armas muy inteligentes para un líder del siglo XXI.

Y, hablando de inteligencia, recordemos que Grass hizo también lo más inteligente, porque aunque es ateo tiene un olfato muy fino para lo trascendente. El narcisismo del escritor es pensar que su voz permanecerá en los estantes de las bibliotecas. En este sentido, su jugada es maestra. Aunque resulta inevitable a la corta el deterioro de su imagen3, a la postre prevalecerá su acto de sinceridad, por lo que en conjunto el precio por renunciar a su rol profético parece escaso. Como dijo Oscar Wilde, es la confesión, no el cura, quien nos da la absolución. Günter Grass se ha ganado la absolución y aterriza como simple ciudadano que cocina su vida de la mejor manera posible, como usted o como yo, aunque, eso sí, con mucha cebolla.

Evitar el estilo profético

Su sacrificio está cargado de simbolismo, porque tiene algo de rito de traspaso: el traspaso de una sociedad infantil, necesitada de grandes utopías y sacerdotes, a una sociedad adolescente que no precisa, que ya no quiere, intelectuales proféticos. Como adolescentes que somos, incluso puede que reaccionemos violentamente ante papeles de “profetas-padres”. Tampoco hay para tanto, hay que escucharlos también. Pero en todo caso merece la pena estar atentos a que nuestra expresividad se despliegue en los debates favoreciendo que nuestros interlocutores contraargumenten, y respetando no sólo sus opiniones, sino su capacidad de razonar y reflexionar. Aunque esta capacidad no deseen ejercerla en un momento determinado. No sea que seducidos por nuestra propia facundia adoptemos, sin pretenderlo, el papel de profetas.

¿Por qué razón la bioética se desarrolla en el siglo XX evitando el estilo profético? Posiblemente porque era condición necesaria para su desarrollo. Un estilo profético hubiera encallado los consensos más básicos en los comités hospitalarios. Por otro lado, los clínicos somos gente pragmática: antes que elaborar un discurso tenemos que solucionar un caso. Esa casuística de los años setenta toma altura teórica en el Informe Belmont, donde aparecen los principios de justicia, beneficencia y respeto al paciente –como nos recuerda Diego Gracia en sus Fundamentos de bioética, que acaban de reeditarse4–. Estos principios asientan lo que será una deliberación capaz de partir del problema concreto para proporcionar una respuesta o respuestas también concretas. Una actividad poco interesante para un profeta.

“Lo más probable es que Günter Grass se hubiera perdonado su pasado nazi –¿por qué no hacerlo, si era un joven de apenas 17 años?–”

Bibliografía

1. Dorfman A. Las claves de una ira. El País. 2006 ago 24.

2. Vargas Llosa M. Günter Grass en la picota. El País, 2006 ago 27.

3. Castilla del Pino C. El drama de Günter Grass. El País, 2006 sept 2.

4. Gracia D. Fundamentos de bioética. Madrid: Triacastela; 2008. p. 442ss.

Fuente: Jano