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José María Rodríguez: «El poder biotecnológico debe gestionarse de forma ética»

La ética que emerge de las nuevas tecnologías requiere una modificación de los códigos, dado que pueden generar efectos beneficiosos y adversos, según José maría Rodríguez Merino, doctor en Filosofía, que apuesta por la formación en valores y habilidades de comunicación.

Marta Esteban – Viernes, 26 de Junio de 2009 – Actualizado a las 00:00h.


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José María Rodríguez Merino

José María Rodríguez Merino

José María Rodríguez Merino es doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, master en Bioética y profesor de esta disciplina en la Escuela de Enfermería de la Cruz Roja. En su obra Ética y Derechos Humanos en la Era de la Biotecnología, Rodríguez Merino analiza cuestiones como el derecho a la investigación biomédica y propone nuevos términos como la biotecnética.

En líneas generales, ¿por qué debe gestionarse de modo ético el poder biotecnológico?
-El poder biotecnológico supone unos riesgos y unos beneficios, de ahí que, si no se gestiona de modo ético, es decir, con responsabilidad y precaución, pueden llegar a obtenerse resultados adversos para el ser humano.

¿Qué es la biotecnética?
-Es la ética que emerge de las nuevas biotecnologías, esto es, de la manipulación de la materia viva por medio de las altas tecnologías, con lo que se obtiene un valor añadido en el producto procesado. Este valor se da en la alimentación, por ejemplo con los transgénicos (cereales, vegetales), en la biomedicina (células madre con la terapia celular y transgénicos de orden animal) y en los fármacos a la carta con las nuevas vacunas, etcétera. Todo ello está originando nuevos problemas que son susceptibles de una deliberación biomédica, bioética y legal.

  • Con los códigos éticos actuales no es factible afrontar gran parte de los problemas biomédicos resultantes de las investigaciones, como la intimidad

En su obra habla de la necesidad de una renovación de los códigos éticos. ¿En qué línea y cuáles serían algunas de sus propuestas?
-Con los códigos actuales no es factible afrontar gran parte de los problemas biomédicos resultantes de las investigaciones, tales como la identidad, la intimidad y la seguridad genética. Valga el ejemplo de los hackers genéticos que se dedican a robar pelo, sangre, saliva, fluidos o un vaso porque en él hay una huella dactilar de la que se puede desvelar el ADN o la herencia genética de una persona.

El afectado ha dejado en el vaso la posible revelación de su identidad al arbitrio de los hackers para que puedan utilizarlo en su beneficio o por encargo de terceros. Interesados en esta caza de genes están, entre otros, ciertas entidades laborales, aseguradoras, agencias matrimoniales, etcétera.

¿Por qué considera que la mera enseñanza en valores éticos no es suficiente y que es necesario educar en habilidades al personal sanitario?
-Un profesional sanitario puede tener su aval de valores éticos, pero requiere de ciertas habilidades para comunicarlos. Por ejemplo, muchas denuncias en el ámbito de los profesionales de la Medicina y la Enfermería vienen por no dar una información correcta y veraz, bien sea por comisión o por omisión. Un caso paradigmático es cómo dar malas noticias al paciente o a los familiares.

La introducción de la educación en habilidades de comunicación en el sistema sanitario es todavía incipiente, aunque se va avanzando con la oferta de cursos, seminarios y talleres que tratan temas sobre cómo afrontar los sentimientos, las emociones, la evaluación de la depresión, etcétera.

  • Estamos ante una Medicina de calidad en cuanto a los conocimientos, pero en creciente deshumanización y judicialización

En el libro analiza la necesidad de recuperar la ética de la virtud. ¿A qué se refiere con este término y qué problemas puede generar el modelo actual de relación médico-paciente?
-El médico no sólo debe tener conocimientos y habilidades para ejercer su profesión, sino que también debe considerar las virtudes, los valores, los hábitos y las actitudes que a lo largo de la historia de la Medicina siempre ha demostrado. Recuperar la amabilidad, la amistad, la confianza, la disponibilidad o saber infundir esperanza en el enfermo debe ser una tarea para los profesionales sanitarios. Estamos ante una Medicina de calidad en cuanto a los conocimientos y las aplicaciones técnicas, pero en creciente deshumanización, sobremedicalizada y judicializada.

¿Qué habilidades debe obtener el médico para ser lo que usted denomina médico excelente?
-Al médico no sólo se le debe de exigir que sea competente en los conocimientos y en las técnicas de su especialidad, sino también que en cada caso maneje la información de modo adecuado, comprensible y veraz. Es decir, que presente un trato integral, humano y virtuoso en su ejercicio de la Medicina. En esto reside el secreto de por qué los pacientes prefieren a unos profesionales más que a otros y salen de la consulta musitando: «éste es un doctor excelente».

La nueva medicina

Desde la ética en la biotecnología hasta la importancia de esta disciplina en cuestiones como la protección de datos se analizan en el libro de José María Rodríguez Merino. Editado por Dykinson, S.L. dentro de la Colección sobre Religión y Derechos Humanos de la Universidad Carlos III, el libro Ética y Derechos Humanos en la Era de la Biotecnología hace un extenso análisis de los nuevos problemas éticos ante los avances de la biomedicina. Cuestiones como la clonación, la predicción de datos genéticos, la investigación con transgénicos, etcétera se abordan en un temario que el autor ha analizado con «gran rigor y enorme honestidad intelectual», según su prologuista, Diego Gracia.

http://www.diariomedico.com/2009/06/26/area-profesional/normativa/poder-biotecnologico-gestionarse-forma-etica

Begoña Román: «No es posible excluir los valores de la práctica clínica»

Begoña Román, profesora de Filosofía Teórica y Práctica de la Universidad de Barcelona, ha argumentado que «la práctica clínica siempre implica valores», una idea que contrarresta la visión de un determinado positivismo científico «que incide en que existe una clara separación entre hechos y valores, algo que no es posible».
Enrique Mezquita. Valencia 28/11/2008
Román, que ha participado en las IV Jornadas Nacionales de Comités de Ética Asistencial que concluyen hoy en la UIMP-Valencia, ha señalado que cualquier persona que realice una práctica clínica «delibera y toma decisiones que deben ser argumentadas». Por ello, «es mejor que lo haga desde una ética cívica, que será válida ante cualquier ciudadano del mundo y podrá ser defendida y argumentada ante un profesional que pueda discrepar. La Declaración de los Derechos Humanos puede ser una buena base para esa ética mundial».

Según Román, es necesario destacar que esa ética va más allá de los aspectos y las cuestiones meramente morales, ya que éstas «son productos culturales y quedan obsoletas». En su opinión, los nuevos poderes biotecnológicos generan nuevas preguntas, «y tenemos insuficiencias argumentativas ante formas antiguas de proceder, que sabemos que no son positivas». Por lo tanto, es necesario hacer una reflexión crítica sobre las costumbres y hábitos que tenemos.

La apelación a la ética «implica un nivel de conciencia maduro, ya que es necesario comprender que las morales quedan obsoletas y no tenemos autoridades morales compartidas, ya sean religiosas, políticas, etc». Por ello, es vital que quienes tienen mayor responsabilidsd en este ámbito tome las decisiones.

http://www.diariomedico.com/edicion/diario_medico/normativa/es/desarrollo/1187749.html

El síndrome del profeta: un obstáculo para la deliberación moral

Dr. F. Borrell i Carrió

Médico de Familia. ICS. Departament Ciències Clíniques. Campus de Bellvitge. Universitat de Barcelona.

04 Abril 2008

El estilo profético fue imitado por centenares de intelectuales que confundieron la fuerza de un estilo con la importancia de los argumentos. En cualquier caso, resulta enormemente tóxico para la deliberación moral, al situar la verdad en un terreno en que dudarla conlleva ser descalificado.

Referente biográfico

Günter Grass, pelando la cebolla

Nacido en 1927, fue galardonado en 1999 con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Novelista y ensayista, es conocido por El tambor de hojalata y A paso de cangrejo, entre otras novelas. Su confesión al diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung de su paso por la Waffen-SS (SS es la abreviatura alemana de Schutzstaffel, “Guardia de Protección” o “Cuerpo de Protección”) desató una gran polémica sobre todo en la izquierda alemana. Grass revela en Beim Häuten der Zwiebel (Pelando la cebolla) que fue destinado a los 17 años a Dresden, donde sirvió en la 10.a División Panzer SS Frundsberg, un grupo de choque nazi.

Los profetas bíblicos son probablemente los personajes más interesantes de las sagradas escrituras. Solitarios, célibes, vestían harapos ásperos y cinturón de cuero (IV Rey. 1, 8; 4, 38 ss.; Is. 20, 2; Zac. 13, 4; Mt. 3, 4) y, a despecho de su seguridad personal, se plantaban ante reyes o caudillos para recordarles sus deberes morales. Los profetas surgían en momentos especialmente claves y gozaban de un prestigio indudable, lo que evitaba (no siempre) que les cortaran el pescuezo. Posiblemente fueron la creación más original del pueblo judío e imprimió carácter a nuestra filosofía occidental. ¿No fue Nietzsche (como su Zaratustra), un profeta intempestivo, como intempestivos quieren ser muchos filósofos “de moda”, tanto en el campo de la ética general como en el de la bioética?

Los profetas resultaban necesarios en sociedades movidas por un profundo sentido histórico, en las que los hechos se interpretaban en función de referentes morales. Un momento muy delicado para una sociedad teleológica, como la nuestra, se dio al final de la Segunda Guerra Mundial, con la amarga lección de un genocidio acallado o tolerado por una parte importante de la ciudadanía europea. De aquella experiencia salió un prototipo de intelectual profético, aldaba de conciencias, despreocupado por los bienes materiales, casi siempre de izquierdas y algunas veces solitario, pero menos célibe: Marcuse, Althusser, Sartre, Chomsky, Illich…, la lista sería larga, pero sin duda Günter Grass ocuparía un lugar de honor en ella. La traslación de este estilo a la deliberación bioética hubiera supuesto un enorme obstáculo para su desarrollo. Eso, por fortuna, no ocurrió. Pero veamos con algo más de detalle el “caso Grass” por si pudiera ayudarnos a sortear la “tentación profética”.

Los méritos literarios y morales de Günter Grass están fuera de toda posible discusión, y el hecho de que haya ocultado su breve paso por las SS no debería empañarlos. Sin embargo, mintió –o no dijo toda la verdad– y ello, que sería anecdótico para un ciudadano de la calle, resulta devastador para un profeta. Ariel Dorfman, escritor chileno socialista, señalaba en un artículo1 los “modales” groseros de un Grass pillado en la intimidad. Relata Ariel que acudió al domicilio de Grass para invitarle a firmar un manifiesto contrario a Pinochet, pero éste se negó alegando que los socialistas chilenos no apoyaban a los disidentes checos. Hasta aquí nada que objetar. Lo chocante del caso es que Grass no le volvió a dirigir la palabra en el resto de la velada. Dice Ariel: “Tenía razón Günter Grass –en el sentido de que los socialistas chilenos hubieran tenido que apoyar la disidencia de los países del Este–, sí, pero todos estos años me quedó dando vueltas otra pregunta más enigmática: ¿por qué tanta furia frente a lo que era, después de todo, una legítima diferencia de opiniones? ¿Por qué tanta cólera?”.

Veleidades juveniles

La hipótesis de Ariel Dorfman es que Günter Grass era incapaz de perdonarse sus veleidades juveniles, y por lo mismo sobreactuaba al señalar el bien. En otras palabras: sublimaba su culpa biográfica, y la exigencia moral reparadora que se había impuesto, por la vía de encarnar las virtudes proféticas e imponerlas a los demás. Otra hipótesis completamente opuesta nos diría que su paso por las SS no tuvo ningún efecto en la trayectoria de Günter Grass, víctima si acaso de su personalidad rígida, un punto inmadura. En consecuencia, el hecho de revelar su paso por las SS mostraría una vez más su grandeza moral. Estoy bastante de acuerdo con la primera parte. Lo más probable es que Günter Grass se hubiera perdonado su pasado nazi –¿por qué no hacerlo, si era un joven de apenas 17 años?–, y si lo ocultó tanto tiempo fue porque progresivamente la sociedad alemana le tomaba como un referente moral. Acabada la Guerra Fría, este mito ya no era necesario, y entonces y sólo entonces él mismo tiró la primera piedra para derruirlo y regresar a la normalidad de un ciudadano más. ¿Podemos imaginar mayor grandeza moral? Pues sí: haberlo hecho con anterioridad. En otras palabras, se decidió a pelar la cebolla cuando la cebolla molestaba en la alacena.

 Agitar conciencias

El estilo profético fue imitado por centenares de intelectuales que confundieron la fuerza de un estilo con la importancia de los argumentos. Vargas Llosa se refiere a ello al afirmar: “Creían que ser escritor era, al mismo tiempo que fantasear ficciones, dramas o poemas, agitar las conciencias de sus contemporáneos, animándolos a actuar, defendiendo ciertas opciones y rechazando otras, convencidos de que el escritor podía servir también como guía, consejero, animador o dinamitero ideológico.[…] Ningún joven intelectual de nuestro tiempo cree que ésa sea también la función de un escritor y la sola idea de asumir el rol de ‘conciencia de una sociedad’ le parece pretenciosa y ridícula2.”

En los albores del siglo XXI un estilo profético suscita un rechazo creciente. Cada vez nos gusta menos que nos den lecciones de moral porque cada vez desconfiamos más de la santidad del otro. El profeta, un tipo de santo, nos muestra una faceta de su vida escondiendo las miserias que también la jalonan. El estilo profético se erige en verdad absoluta y elocuente, una elocuencia cargada a veces de ira sacralizada, otras veces de facundia, y siempre llevando al espectador a un punto de fascinación que evitará o dificultará que piense por sí mismo. El estilo profético resulta en este sentido enormemente tóxico para la deliberación moral, al situar la verdad en un terreno en que cuestionarla comporta ser descalificado a un nivel personal. Por desgracia es lo que ocurre en el debate político, sobre todo en el debate político dentro de cada partido político. ¡Qué gran avance supondría que los partidos adoptaran en su seno los principios y métodos de la deliberación moral!

Ayudar a pensar

Lo cierto es que en los albores del siglo XXI necesitamos una bioética que ayude a pensar y favorezca las conductas sociales y profesionales más inteligentes, sin pisarnos el juanete de nuestras debilidades morales. Liderazgos que hayan superado su propio narcisismo. La humildad y la sinceridad son armas muy inteligentes para un líder del siglo XXI.

Y, hablando de inteligencia, recordemos que Grass hizo también lo más inteligente, porque aunque es ateo tiene un olfato muy fino para lo trascendente. El narcisismo del escritor es pensar que su voz permanecerá en los estantes de las bibliotecas. En este sentido, su jugada es maestra. Aunque resulta inevitable a la corta el deterioro de su imagen3, a la postre prevalecerá su acto de sinceridad, por lo que en conjunto el precio por renunciar a su rol profético parece escaso. Como dijo Oscar Wilde, es la confesión, no el cura, quien nos da la absolución. Günter Grass se ha ganado la absolución y aterriza como simple ciudadano que cocina su vida de la mejor manera posible, como usted o como yo, aunque, eso sí, con mucha cebolla.

Evitar el estilo profético

Su sacrificio está cargado de simbolismo, porque tiene algo de rito de traspaso: el traspaso de una sociedad infantil, necesitada de grandes utopías y sacerdotes, a una sociedad adolescente que no precisa, que ya no quiere, intelectuales proféticos. Como adolescentes que somos, incluso puede que reaccionemos violentamente ante papeles de “profetas-padres”. Tampoco hay para tanto, hay que escucharlos también. Pero en todo caso merece la pena estar atentos a que nuestra expresividad se despliegue en los debates favoreciendo que nuestros interlocutores contraargumenten, y respetando no sólo sus opiniones, sino su capacidad de razonar y reflexionar. Aunque esta capacidad no deseen ejercerla en un momento determinado. No sea que seducidos por nuestra propia facundia adoptemos, sin pretenderlo, el papel de profetas.

¿Por qué razón la bioética se desarrolla en el siglo XX evitando el estilo profético? Posiblemente porque era condición necesaria para su desarrollo. Un estilo profético hubiera encallado los consensos más básicos en los comités hospitalarios. Por otro lado, los clínicos somos gente pragmática: antes que elaborar un discurso tenemos que solucionar un caso. Esa casuística de los años setenta toma altura teórica en el Informe Belmont, donde aparecen los principios de justicia, beneficencia y respeto al paciente –como nos recuerda Diego Gracia en sus Fundamentos de bioética, que acaban de reeditarse4–. Estos principios asientan lo que será una deliberación capaz de partir del problema concreto para proporcionar una respuesta o respuestas también concretas. Una actividad poco interesante para un profeta.

“Lo más probable es que Günter Grass se hubiera perdonado su pasado nazi –¿por qué no hacerlo, si era un joven de apenas 17 años?–”

Bibliografía

1. Dorfman A. Las claves de una ira. El País. 2006 ago 24.

2. Vargas Llosa M. Günter Grass en la picota. El País, 2006 ago 27.

3. Castilla del Pino C. El drama de Günter Grass. El País, 2006 sept 2.

4. Gracia D. Fundamentos de bioética. Madrid: Triacastela; 2008. p. 442ss.

Fuente: Jano