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«O educamos en valores o no ganaremos para poner normas»

EXDEFENSOR DEL MENOR EN LA COMUNIDAD DE MADRID

Javier Urra ha intervenido en la jornada La respuesta institucional ante la prevención y seguimiento del maltrato infanto-juvenil, que se celebró en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid.

S.V. Madrid   |  07/11/2013 00:00

http://www.diariomedico.com/2013/11/07/area-profesional/normativa/educamos-valores-no-ganaremos-poner-normas

Educar sobre la muerte desde la infancia

La educación se centra en enseñar a vivir a los niños; sin embargo, poco o nada se les habla de la muerte. Esta forma de proceder plantea muchos problemas en el momento en el que tienen que enfrentarse a la muerte de un familiar o a la inminencia de la propia muerte. Los expertos proponen fomentar una cultura de la muerte desde edades muy tempranas.
Karla Islas Pieck Barcelona 08/05/2008
La muerte es la única certeza que tenemos todos los seres vivos desde el momento de nacer. Esta cuestión ha preocupado al humano desde que tiene conciencia de su propia existencia. Las diferentes culturas han rodeado a la culminación de la vida de todo tipo de creencias y rituales, pero las dudas que rodean a este hecho biológico no son fáciles de resolver. Tampoco para la Medicina.

Durante el coloquio La muerte: ¿fracaso de la medicina o culminación del ciclo biológico? celebrado en la Real Academia de Medicina de Cataluña (RAMC) se puso de manifiesto la importancia de fomentar una cultura y educación de la muerte, desde las primeras etapas de la vida.

Manuel Cruz, académico y profesor emérito de la Universidad de Barcelona, aseguró que «para un pediatra, la muerte es un fracaso médico», puesto que el fallecimiento de un menor «es inolvidable y deja una impronta muy profunda».

Los niños viven la inminencia de su propia muerte de una forma indirecta. Aunque los más pequeños aún no pueden comprender el concepto del fin de su vida, perciben que «algo muy malo les está pasando».

El pediatra defendió el derecho de los niños a conocer su diagnóstico, pronóstico y tratamiento, pero ha recordado que la última palabra al respecto la tienen los padres.

Los menores rara vez preguntan a su médico si van a morir. No obstante, no sucede lo mismo con los auxiliares y el personal de enfermería, a quienes sienten más próximos, y quizá no asocian tanto a una figura de autoridad. Cruz recomendó abordar esta difícil temática por medio de fábulas, parábolas y cuentos. «Es importante mantener la ilusión en todo momento, pero sin dar falsas esperanzas».

El deceso de las personas queridas es otro de los tragos amargos por los que en ocasiones tienen que pasar los niños. En la práctica, se considera que los niños deben vivir de espaldas a la muerte; sin embargo, varios estudios sostienen que las familias en las que se habla sobre este tema con los más pequeños los resultados son positivos.

A los nueve años es cuando los niños comienzan a comprender que la muerte es algo irreversible y universal. A esa edad se toma conciencia de que los padres y familiares dejarán de existir algún día. Más tarde, entre los 12 y los 14 años, los preadolescentes adquieren un concepto más definido de la muerte y es en este momento cuando asumen que a ellos también les sucederá. Según Cruz, es necesario fomentar la educación sobre la muerte para que los niños estén preparados para la muerte de los seres que estiman.

El duelo infantil
Los niños que se enfrentan a un proceso de duelo por la pérdida de un familiar suelen presentar síntomas depresivos, psicosomáticos e incluso pueden sufrir una regresión neuropsíquica. Esta etapa puede durar un año y está considerada «de alto riesgo para el menor».

Por eso es necesario que los niños estén preparados para esta situación y que, en la medida de lo posible, puedan despedirse de la persona allegada en sus últimos días de vida.

¿Fracaso de la medicina?
Así como el pediatra sostuvo que la muerte de un niño es, en muchos casos, un fracaso médico al no obtener los resultados deseados de la profilaxis, el diagnóstico o el tratamiento, en el caso de las personas mayores esta afirmación no está tan clara.

Durante su intervención, Miguel Ángel Nalda, académico y catedrático de anestesiología y reanimación planteó que contraponer la muerte a la medicina es una falacia y «no puede considerarse correcto», ya que «contra el último latido del corazón no podemos hacer nada».

En su opinión, más que fracaso se trata de «impotencia, incapacidad o frustración», pero no de la medicina, sino en todo caso «del profesional que la ejerce, como ser humano que es». A su juicio, «el encarnizamiento terapéutico no se puede permitir».

Francesc Solé, académico y miembro del Instituto de Urología, Nefrología y Andrología de la Fundación Puigvert, de Barcelona, puso sobre la mesa el tema del envejecimiento. Los intentos de retrasar la muerte implican también que previamente se busque detener el proceso degenerativo, para conseguir calidad de vida en la vejez.

Hay tres procesos que intervienen en el envejecimiento: la acción de los radicales libres, la pérdida de los telómeros y las dietas hipocalóricas. Y trabajando en estas líneas «seguramente en los próximos años se conseguirá retrasar la vejez y aumentar la esperanza de vida».

El límite de la vida
¿Se llegará a conseguir la inmortalidad?, ¿se podrá alargar la vida gracias a la hibernación?, ¿cuál es el límite de la existencia?. Solé lanzó las preguntas durante el coloquio y reflexionó sobre la actual frontera de la vida de nuestra especie. La persona más longeva registrada hasta ahora cumplió 122 años. Se trata de un francés que cuando alcanzaba su centenario aún iba en bicicleta.

Por otro lado, no hay que olvidar que lo que se conoce como el patrimonio vital de los mamíferos, que son 800.000.000 de latidos y 200.000.000 respiraciones a lo largo de la vida, en el caso de los humanos está casi triplicado.

El último paso
En la sesión, que fue moderada por Josep Mascaró, académico numerario de la RAMC, se abordó también el tema de la muerte desde el punto de visa de un internista. Francesc Cardellach, académico y vicedecano de la facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona, admitió que los internistas viven muy de cerca la muerte de sus pacientes, por lo que llegan a acostumbrarse a ella y a conseguir que no les afecte mucho emocionalmente.

En el caso de los pacientes ancianos, afirmó que la muerte debe asumirse «como la culminación del ciclo biológico». Aún así, Cardellach confesó que, en lo personal, no entiende la muerte y que, si fuera él quien debiera enfrentarse a ella, no lo aceptaría fácilmente.

A su juicio, uno de los momentos más difíciles para un médico se presenta cuando los hijos se niegan a aceptar el diagnóstico terminal de sus progenitores. «Nos falta mucha cultura de la muerte. Debemos enseñar a nuestros hijos que, por lógica, debemos marchar nosotros antes que ellos».

Muchas veces «nos enseñan a vivir, pero no a afrontar la muerte», añadió. Los menores rara vez preguntan a su médico si van a morir. No obstante, no sucede lo mismo con los auxiliares, a quienes sienten más próximos

La ciencia va al colegio

 

POR M. ASENJO. MADRID

Las competencias científicas brillan por su ausencia entre los estudiantes españoles de Secundaria, según ha puesto de relieve el último informe Pisa. Es la demostración de que acercar la ciencia a los escolares desde edades tempranas constituye la asignatura pendiente del sistema educativo.

Sin embargo, hay lugar para la esperanza, ya que se están poniendo los cimientos para aprobar esa asignatura y, además, despertar vocaciones hacia la investigación. En efecto, la ciencia comienza a abrirse paso en las aulas entre el entusiasmo de los alumnos, que «han hecho piña» con los científicos y profesores que participan en el programa «El CSIC en la escuela».

Este curso son ya 350 los colegios de Andalucía, Asturias, Castilla-La Mancha, Castilla y León, Extremadura, Madrid, Murcia y Navarra integrados en el programa. Se trata de una iniciativa promovida por la Fundación BBVA y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) con la finalidad de fomentar la enseñanza de la ciencia en niños de edades comprendidas entre 3 y 12 años. El éxito del plan avala su extensión al resto de las comunidades autónomas.

El programa se ha diseñado para que los alumnos aprendan, aprovechando su curiosidad natural y mediante la observación y la experimentación, sobre fenómenos cotidianos como el magnetismo, la luz u otros fenómenos.

Exposición pública

Previamente, los profesores asisten a sesiones científicas con investigadores en las que se desarrollan métodos aplicables a sus escolares. Después, trasladan al aula, de forma práctica, sus conocimientos y, una vez realizados, los trabajos navegan por la red a través de la página del plan.

Las primeras promociones del programa ya se han introducido en el apasionante mundo de la ciencia. Y no sólo eso, sino que también han presentado en sociedad sus trabajos.

Alumnos de los colegios Fontarrón, Rosalía de Casto y Jorge Guillén, enfundados algunos de ellos en batas blancas, «como los científicos de verdad», han protagonizado una jornada llena de emociones para presentar sus descubrimientos. Han sido capaces de explicar a un amplio y selecto auditorio los pasos de sus «descubrimientos», mostrar el material empleado y, sobre todo, ilusionarse. Se muestran muy seguros aunque ligeramente nerviosos.

Los estudiantes del colegio Fontarrón han investigado sobre el movimiento browniano de una mota de polen sobre el agua. Los del Rosalía de Castro han buscado los secretos de la óptica. Finalmente, los estudiantes del Jorge Guillén presentaron descubrimientos relacionados con el magnetismo. En realidad, y como sostiene la coordinadora del programa, María José Gómez, «las preguntas de los niños coinciden con las de los grandes científicos».

Los profesores llevan su experiencia a la sesión y en un animado debate analizan el proceso. Es un empeño que a todos beneficia. «Los investigadores facilitan a los profesores conocimientos y métodos científicos, de los que sacan el máximo provecho en favor de los alumnos, los chicos aprenden de forma divertida y se sienten protagonistas de algo que para ellos era insólito. Y el CSIC emprende una nueva experiencia y crea nuevo métodos de trabajo», dice María José Gómez.

Fuente: ABC