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Francisco del Baño López: «Todos somos iguales ante una urgencia vital»

Francisco del Baño López es médico adjunto de urgencias desde hace 25 años. Trabaja en el IMAS desde 1994 y en el Hospital del Mar, de Barcelona, desde el año 2001.
Karla Islas Pieck. Barcelona 22/09/2008
¿Cómo ha vivido el proceso migratorio de los últimos años?
-Cada vez hemos tenido más población de fuera en los servicios de urgencias. Al principio provenían del norte de África, después aumentaron los procedentes de la zona subsahariana, y en los últimos años hay más personas de Pakistán y América central y del sur. Ahora se empiezan a ver también a más personas de los países del Este de Europa.

¿La adaptación le ha significado un reto?
-Es una adaptación paulatina que va en función de las personas que van llegando. Todo el mundo piensa que el principal problema son las barreras del idioma, pero yo creo que las barreras culturales son mucho más difíciles de superar, tanto por parte de los profesionales como de los propios pacientes extranjeros.

¿Cómo se ha resuelto el problema del lenguaje?
-Con la gente que viene de Latinoamérica no hay tanto problema; con los que provienen del Magreb solemos comunicarnos en francés, y con las personas que vienen de Asia lo más común es que nos entendamos en inglés. Con los que no saben ninguno de estos idiomas es más complicado, pero igualmente creo que el verdadero problema es cultural.

¿Cómo afrontan estas diferencias los médicos?
-Los mediadores culturales son una figura clave en los servicios de urgencias porque nos facilitan el contacto tanto con el paciente como con la familia. Nos introducen a nosotros en sus costumbres a la vez que les ayudan a ellos a introducirse en el sistema y a entenderlo.

¿Qué aspectos le han impactado más de otras culturas en su relación con la salud?
-Recuerdo que hace años vino una pareja porque la mujer estaba enferma. El marido no me permitía hablar con la mujer y me impedía explorarla. Aquella pareja se fue sin que yo hubiera podido atender a la enferma. El marido decía que no y que no, y prefirió irse y llevársela con él. Yo no podía entender cómo estando tan mal se la podía llevar a su casa a pesar del riesgo de que se pusiese más grave todavía.

En un caso así, ¿quién debe adaptarse a quién?
-Creo que debe ser por las dos partes; nosotros ya nos hemos adaptado intentando hablar en los idiomas que sabemos y por señas.

A ellos les toca adaptarse necesariamente porque los sistemas son muy rígidos.

Por ejemplo, en Asia las personas están acostumbradas a ver el sistema sanitario como quien llega a una casa y, si la puerta está abierta, es que están y, si está cerrada, es que han salido.

Ellos deben entender que aquí un determinado doctor trabaja de 8 a 5, y eso les cuesta.

¿Considera que los inmigrantes acuden más a urgencias?
-Yo no lo creo. En mi opinión, lo que pasa es que no acaban de adaptarse a una normalización diferente en la que hay determinados horarios y circuitos asistenciales, pero finalmente acaban apegándose a ellos. Las dos partes hacen esfuerzos y creo que existe un equilibrio. El problema de la mala utilización de las urgencias, que es tanto por parte de los que vienen de fuera como de los nativos, yo creo que se debe a la propia naturaleza del sistema, que es abierto. El servicio de urgencias es una de las puertas más grandes que hay; y está abierta los 365 días del año y las 24 horas del día. Además, la gente lo ve como una puerta que les puede abrir el acceso a otros muchos sitios.

¿Qué ha aprendido de otras culturas?
-Una de las cosas que más me llaman la atención son los circuitos que establecen las comunidades de un determinado país y la forma en la que se organizan. Se agrupan y siempre hay alguna persona que hace de líder o de portavoz y que consigue solucionar los problemas.

En el ámbito clínico, ¿existen diferencias importantes entre culturas?
-Lo que les pasa a las personas es casi lo mismo, independientemente de su origen. La emergencia o urgencia vital es igual; en ese punto es en el que todos los seres humanos somos iguales y reaccionamos de forma muy parecida.

¿El lenguaje no verbal es universal cuando se trata de la salud?
-Sí, el lenguaje de gestos es muy importante y llegamos a establecer un idioma sublime que está ahí.

La insatisfacción de la atención primaria

ANDREU SEGURA Y A. MARTÍN ZURRO 13/05/2008

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Los profesionales sanitarios de la primera línea del sistema público manifiestan un profundo malestar. Consideran que sus condiciones de trabajo no son dignas, y que la dignidad es imprescindible para mejorar y aliviar la salud de sus pacientes. Exigen limitar el número de visitas diarias, es decir, más recursos para atender la creciente demanda del cada vez mayor número de usuarios. Pero la mayoría reconocen que buena parte de la demanda que atienden no es pertinente. En bastantes casos, porque las razones que llevan a la gente a la consulta tienen que ver con el malestar, pocas veces patológico, que resulta de los conflictos domésticos y familiares, laborales y sociales, es decir, situaciones que provocan ansiedad.

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Aumentar el número de profesionales puede acelerar la medicalización y crear falsas expectativas
Se trata de una señal de alarma que estimula a enfrentarse con los problemas y tratar de solucionarlos. Los ansiolíticos actúan como anestésico más que como bálsamo, de manera que el conflicto persiste a la vez que se incrementa la dependencia, se provocan adicciones y se expone uno a los efectos adversos de los medicamentos. Lo mismo se puede decir para la tristeza, una reacción normal que facilita la adaptación frente a los infortunios de la vida cotidiana. Las sociedades humanas han afrontado la ansiedad y la tristeza mediante el recurso a los amigos y familiares, las redes de apoyo social que la atención sanitaria no puede sustituir, aunque sea de agradecer el apoyo profesional.

Aumentar el número de profesionales no parece, pues, que pueda solucionar una insatisfacción provocada por la impertinencia. Más bien se corre el riesgo de acelerar la medicalización y fomentar expectativas irreales. Desde el sistema sanitario se debe poner de manifiesto esta limitación y, en sintonía con la comunidad, contribuir a buscar una alternativa mejor.

El acelerado incremento de la demanda de atención sanitaria no se corresponde con un aumento de las necesidades susceptibles de satisfacerse mediante asistencia médica. Luego se necesitan cambios profundos en la orientación, los propósitos y la organización del sistema sanitario en su conjunto y del papel que debe desempeñar en la sociedad actual. Cambios más radicales que la limitación del número de visitas diarias, el establecimiento de un tiempo mínimo para cada visita o incluso el recurso a poner barreras a la accesibilidad como los tickets moderadores del consumo, medidas que, si se permite la analogía, son sólo un tratamiento sintomático que no modifica las causas del problema.

Aun cuando mejorara la comodidad laboral -a costa de un esfuerzo económico notable-, difícilmente aumentaría la pertinencia, la efectividad, la eficiencia y la equidad de la asistencia. Parece conveniente, pues, que más allá de acogernos a lemas contundentes de gran efectismo, analicemos la responsabilidad del propio sistema sanitario como generador de demandas de efectividad incierta. Porque directa o indirectamente inducimos muchas de las actividades que se llevan a cabo, en gran parte mediante la promoción de la prevención individual. Por ejemplo, los programas del niño sano, que prescriben un considerable número de consultas de incierto beneficio; o el control de factores de riesgo como la hipertensión arterial, las dislipemias, la osteoporosis y tantos otros que generan una carga de trabajo desproporcionada si tenemos en cuenta que contribuyen muy poco a disminuir la frecuencia de los comportamientos poco saludables entre la población.

Muchas de ellas son actividades ineficientes que consumen muchos recursos en términos de esfuerzo asistencial, de análisis de control y de fármacos. Y eso que muchas de las medicaciones profilácticas se adquieren pero no se toman, como puede comprobarse al analizar los envases que se depositan sin abrir en los contenedores de las farmacias y los centros de salud. Son además actividades poco equitativas, porque los que más las consumen no son quienes más las necesitan.

No es que haya que renunciar a la prevención, sino que se debería plantear de otra forma. Las actividades clínicas preventivas deberían formar parte de programas comunitarios más amplios en los que se adoptaran iniciativas destinadas a modificar los estilos de vida de las personas mediante intervenciones políticas y sociales, puesto que las conductas no sólo vienen determinadas por la información y el consejo, sino que dependen de las condiciones de vida, de cómo y dónde se trabaja y se reside, de dónde se come, etcétera.

Desde que nuestra sociedad ha asumido la importancia de la prevención del tabaquismo y ha aceptado regulaciones que limitan su consumo, ha disminuido la proporción de fumadores. La contribución asistencial debe verse, pues, como un elemento más, pero no el único, de una política preventiva. Lo cual valdría seguramente para controlar el consumo peligroso de bebidas alcohólicas, conseguir una alimentación más saludable o mantener una actividad física suficiente.

Claro que hay otras cuestiones que agravan la presión. Por ejemplo, el hecho de que los equipos sean más bien un conjunto de profesionales que un grupo con objetivos, intereses, estrategias y actividades compartidas; o las dificultades para simplificar las tareas administrativas y burocráticas que, según la percepción de muchos profesionales, resultan demasiado engorrosas y no siempre está claro que sean útiles. Y la relación, a menudo subordinada, con la atención especializada. Son situaciones que sólo se pueden solucionar si se mejora la organización.

Estos aspectos de la práctica asistencial requieren una reorientación profunda de las actividades sanitarias, que, en cierta forma, promueven iniciativas como el Programa de Actividades Comunitarias en Atención Primaria (PACAP) o el proyecto Actuando Unidos para la Salud (AUPA). Cualquier incremento de los recursos sin acometer una drástica transformación será como aumentar el caudal de agua en un recipiente agujereado.

Andreu Segura es profesor de Salud Pública de la UB (asegurabene@ub.edu ) y Amando Martín Zurro es doctor en Medicina y especialista en Medicina Familiar y Comunitaria.

http://www.elpais.com/articulo/salud/insatisfaccion/atencion/primaria/elpepisal/20080513elpepisal_4/Tes/

La psiquiatría debe atender al sexo, al entorno y a la cultura

La prevalencia de los trastornos mentales es igual para hombres y mujeres, pero cada sexo enferma de una manera diferente. La cultura y el entorno social influyen en el desarrollo de patologías mentales, por lo que es necesario abordar a los pacientes en su conjunto.
Isabel Gallardo Ponce 14/05/2008

«En los países desarrollados, la prevalencia de la depresión y de la ansiedad es dos veces mayor en las mujeres entre la pubertad y la menopausia, que en los hombres. Por otro lado, los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) son 9 veces más comunes en mujeres, según ha explicado Donna Stewart, presidenta de la Asociación Internacional para la Salud de la Mujer de la Asociación Mundial de Psiquiatría, que ha impartido la conferencia La Salud Mental de la Mujer en el Mundo, que se celebro ayer en el Colegio Oficial de Médicos de Madrid, con la colaboración de Wyeth.

Sin embargo, la prevalencia global de las enfermedades mentales es igual en hombres y en mujeres. El quid de la cuestión radica en que cada sexo enferma de diferente manera y con más frecuencia en determinadas patologías. En hombres son más prevalentes los trastornos de personalidad y las conductas adictivas o violentas.

Tanto en los países desarrollados como en vías de desarrollo, las desigualdades sociales, la pobreza, la discriminación y la violencia doméstica son factores sociales y culturales que afectan más a las mujeres y, por tanto, a su salud mental.

Según Steward, las causas de los desórdenes mentales son una combinación de factores genéticos, del entorno, y de la influencia de factores sociales. «Puesto que no podemos cambiar los genes de las personas, es necesario cambiar los aspectos culturales.

Así, debe permitirse a las mujeres que desarrollen su potencial, así como luchar de manera institucional por mejorar sus condiciones sociales, y conseguir erradicar la violencia. En este sentido, establecer leyes más restrictivas podría ayudar a reducirla». Además, es necesario aumentar la investigación sobre los trastornos psiquiátricos en la mujer.

Perspectiva de género
La violencia doméstica está a la orden del día y los psiquiatras deben valorar si el problema se presenta en consulta. «Muchos profesionales no preguntan a sus pacientes si han sido víctimas de violencia. Es necesario que lo hagan, y que se interesen por su seguridad, le informen de los recursos a los que puede optar, y le enseñen que nadie merece ese trato».

Asimismo, «los médicos de primaria son los que pueden detectar estas situaciones de manera precoz», y poner los medios para mejorar la salud de la mujer. En otros países, especialmente en los árabes, en China y en la India, se presentan otros problemas de discriminación, que se agravan por el escaso acceso a la educación y a mejorar socialmente.

Juliana Fariña, presidenta en funciones del Colegio de Médicos de Madrid, afirmó que el mundo médico debe tener un reconocimiento por la medicina de la mujer, como una vía para mejorar la convivencia. Dolores Crespo, coordinadora de la Oficina Regional de Salud Mental de la Comunidad de Madrid, apuntó que la sociedad actual establece nuevas exigencias que deben ser atendidas en función del sexo.

Así, «el plan estratégico de salud mental debe abordarse desde una perspectiva de género, que abarque desde la docencia de los profesionales hasta la investigación». Según Crespo, es necesario concienciar a los profesionales para atender a los pacientes en función del sexo, para lo que puede ser útil la formación continuada».

En este sentido, Juan José López Ibor, director del Instituto de Psiquiatría y Salud Mental, del Hospital Clínico, de Madrid, afirmó que la patogénia, la patoplastia y la respuesta al tratamiento en hombres y mujeres, es diferente, por lo que a la hora de abordar la salud mental hay que tener presentes esos factores en ambos sexos.

http://www.diariomedico.com/edicion/diario_medico/especialidades/salud_de_la_mujer/es/desarrollo/1123363_06.html