Los médicos afirman que en Europa no se practican experimentos con seres humanos

Las I Jornadas de cine y bioética abordaron este asunto en Sama y proyectaron la cinta «El jardinero fiel»

Rosa María Simó y Eva Álvarez, antes de la proyección de la película en el cine Felgueroso.  juan plaza

Langreo, Lucía CORTINA

Los campos de concentración nazis fueron pioneros en aplicar tratamientos médicos en humanos que, a modo de cobayas, soportaron duras torturas y efectos secundarios mortales. Este hecho histórico acontecido durante la Segunda Guerra Mundial desencadenó el nacimiento de la bioética, lo que los médicos describen cómo «la forma de unir el respeto por las personas y los avances científicos, o la ciencia con la conciencia». Así lo explicó ayer Rosa María Simó, magíster en este ámbito y presidenta del comité de ética asistencial del Hospital Universitario Central de Asturias, durante su intervención en el cine Felgueroso de Sama. En el coloquio también participó Eva Álvarez Darriba, geriatra y miembro del comité de ética para la atención sanitaria, organizador de las I Jornadas de cine y bioética, que ayer también incluyeron la proyección de la película «El jardinero fiel».

Desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, Europa ha tratado de abolir este tipo de prácticas aunque, según indicó Rosa María Simó, «siempre puede haber algún equipo médico o entidad farmacéutica que se salte el protocolo». La encargada de regular estas conductas y evitar la experimentación en humanos es la Agencia Europea del Medicamento, de la que indicó que «se encarga de regular los ensayos clínicos en las investigaciones con pacientes». También destacó la figura equivalente a la agencia en Estados Unidos -la FDA-, que «incluso elabora listas negativas de los equipos médicos e industrias farmacéuticas que realizan prácticas no éticas y las hacen públicas en internet».

Para garantizar que estas investigaciones no perjudiquen a los pacientes, la Agencia Europea del Medicamento establece una serie de límites enumerados por Rosa María Simó en Sama. Según indicó, la normativa incluye «respetar a ultranza la autonomía de los pacientes, que tienen todo el derecho a negarse a probar nuevos tratamientos, y que éstos hayan sido primero contrastados con animales».

El férreo control que Europa ejerce sobre la experimentación en humanos dista mucho de la frecuencia con que estas prácticas se llevan a cabo en los países del Tercer Mundo. La experta en bioética indicó a los asistentes en las jornadas que «en estos países se aprovechan de que no existe una Seguridad Social pública y, por tanto, logran que los pacientes acepten participar en los experimentos porque esto supone una medicación gratuita».

Respecto a los constantes avances médicos surgidos para lograr la cura del sida, opinó que «esta experimentación no se puede considerar paradigma de la mala gestión». Lo que argumentó para defender esta teoría es que «si sale un medicamento hay que probarlo inmediatamente, porque en el caso del sida, hay más probabilidades de beneficio que de riesgo». El problema que detecta en torno a estos tratamientos es que «son muy costosos y los países africanos no pueden pagar estas medicinas».

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