¿Revolución en la Sanidad?

 

Las constantes protestas actuales de los médicos son una llamada de urgencia que exige a gritos un cambio en la estructura del Sistema Nacional de Salud. Hace falta una revolución liderada por las organizaciones profesionales para dar al facultativo un protagonismo creíble.
Rogelio Altisent. Presidente de la Comisión Central de Deontología de la Organización Médica Colegial 12/05/2008
El recuerdo de mayo del 68 me ha venido a la cabeza tras las recientes manifestaciones de los estudiantes de medicina en un momento de huelgas médicas en cascada. ¿Ha llegado la revolución a la Sanidad? ¿Se están dando las condiciones para generar un movimiento imparable que tumbe el inmovilismo de la Administración en este terreno? Los estudiantes están preocupados, y se quedan cortos, pues es helador comprobar el clima de malestar que existe actualmente entre los médicos.

El desasosiego que se percibe en cualquier encuentro de médicos es de carácter transversal, con independencia de la comunidad autónoma y del color político que gobierne la Sanidad. Al médico no le asustan la responsabilidad y el esfuerzo, pero le destroza verse sin la capacidad de gestionar los medios necesarios para cumplir sus obligaciones profesionales y sentirse como la pieza de una cadena de montaje.

Ejemplo 1: contamos con una exigente legislación a la hora de garantizar el derecho a la información del paciente, pero, a la vez, nos encontramos sometidos a una masificación asistencial de consultas sin límites, donde a menudo es imposible cumplir estas normas legales. Ejemplo 2: la mayoría de los facultativos cargan con una burocracia insufrible, mientras se observa cómo en otros sectores de servicio al público con menor trascendencia social ya hace muchos años que se han superado problemas similares con tecnología y constante innovación.

El médico se siente atrapado. Por un lado, la incontinencia de la propaganda política que no cesa de prometer más y más prestaciones sanitarias, sin echar cuentas de los medios disponibles. Se alimenta una irresponsable escalada de «consumismo sanitario», que luego los ciudadanos llevan a las consultas médicas enarbolando sus derechos. Por otro lado, los presupuestos sanitarios cada vez más limitados, cuyos gestores aparentemente no pertenecen al mismo planeta de los políticos que prometen a diario un «mundo feliz». En medio, al médico le toca decir la verdad y gestionar la cruda realidad en un clima que cada vez produce más roces con los usuarios.

Es fácil de entender que este cóctel es explosivo y se convierte en un torpedo en la línea de flotación de la relación médico-paciente, pues daña gravemente el clima de confianza haciendo que el profesional se sienta impotente y desanimado. No hacía falta tener una bola de cristal para predecir que la mecha de la conflictividad iba a prender con facilidad.

La solución a la que se está recurriendo para apagar el incendio es de manual: aumentemos la oferta de médicos en el mercado (importación + fabricación) y el sector se apaciguará, porque pronto volveremos a tener un exceso de médicos suficiente para que sean aceptados de nuevo todos los contratos basura sin rechistar, como ha venido ocurriendo desde la proletarización médica de los años 80 hasta hace bien poco.

La huida de los políticos y el liderazgo
La revolución es imparable, bienvenida sea. A las organizaciones profesionales les corresponde la responsabilidad de liderarla para alcanzar un nuevo marco forzando las necesarias reformas estructurales de las que la clase política huye como gato del agua, tal como se comprobó en la reciente campaña electoral. El liderazgo es imprescindible para saber hacia dónde vamos, no se vaya a cumplir la famosa sentencia de Don Fabrizio en El gatopardo -«Algo debe cambiar para que todo siga igual»- que tantas revoluciones ha frustrado.

Los expertos en gestión no dudan en defender la necesidad de realizar cambios profundos en nuestro modelo sanitario. Esto, sin duda, requerirá un tiempo de pactos y negociación. Pero mientras tanto, a corto plazo, es imprescindible abrir ya una reflexión sobre la equivocada y trasnochada política de recursos humanos de los servicios regionales de salud que pone el acento en los salarios y minusvalora la promoción y el prestigio.

Hay que tomar nota del desapego que los médicos tienen hacia los servicios autonómicos de salud para los que trabajan, que deberían cuidar mejor a sus profesionales porque no se sienten apreciados ni valorados y por eso las comunidades pierden a sus facultativos a la mínima. Esto es letal para cualquier empresa que por definición aspira a la excelencia, algo a lo que la Sanidad no tendría que renunciar. Esto tiene mucho que ver con uno de los problemas más graves al que se debe hacer frente, que es el escepticismo reinante, porque ya nadie se cree la palabrería de turno. La solución: un pacto de Estado, por encima de los reinos de Taifas, en cuyo liderazgo los profesionales tengan un protagonismo creíble.